Aunque lo he dicho y escrito muchas
veces, la permanente demanda de la presidente de México al Rey de España
exigiendo, muy enfadada, que este “pida
perdón” por las tropelías cometidas por los españoles, en verdad castellanos,
contra los pueblos indígenas de lo que fue Nueva España, y las palabras, para
calmarla, cuidadosamente elegidas y dichas por Don Felipe al embajador
mexicano, no me resisto a volver a expresar la necesidad que tenemos los
hispanos, los españoles de todas las Españas, de pedir perdón y perdonarnos.
Pero, antes de entrar en el perdón y el
perdonarnos, es imprescindible recordar media docena de verdades que, con
demasiada frecuencia, olvidamos:
La primera: lo que llamamos la
“Conquista de América”, iniciada y estimulada por los Reyes Católicos, fue obra
de españoles de Castilla y, también, sobre todo, de españoles de Nueva España,
Perú y de todas las Españas.
La segunda: la nación que actualmente es
España no fue en el pasado “la dueña” del Imperio español. Castilla, Aragón y Navarra, fueron, parte de
ese imperio, al igual y del mismo modo que, simultáneamente, lo fueron los
reinos de América, amplios territorios de Europa y no pocas tierras de Asia.
La tercera: el Imperio fue el poder
hegemónico en su tiempo, duró trecientos años y, su conjunto fue un magnífico
modelo de éxito, nunca visto antes en la historia y, hasta ahora nunca
superado.
La cuarta: las gentes, en el Imperio, en
cada Reino, en cada parte del Imperio, y, sobre todo en lo que es hoy América, hicieron
las cosas muy bien, leales al Rey, construyeron industrias, crearon arte,
levantaron catedrales; crearon hospitales, colegios y universidades; y, sobre
todo, hicieron buena, muy buena, la vida de todos en sociedades, ¡un caso
único!, nuevas y mestizas.
La quinta: el Imperio murió en guerras
de secesión inspiradas por los enemigos de España y de las Españas. Se dividió
en veinte naciones y todas, todas ellas, cayeron en una decadencia que hoy
perdura.
La sexta: el Imperio español, como en el
romano, como ahora, como en todas partes desde que el mundo es mundo, hubo,
además de mucho bien no pocos y esporádicos males, que, vistos con los ojos de
hoy, nos molestan, desagradan y, lo que es peor, magnificados por los enemigos
de España y de las Españas, apuñalan la autoestima de los hispanos, los
mantienen desunidos y hacen muy difícil que avancemos, en un mundo de grandes
bloques, hacia un futuro mejor.
Y, ahora “lo del perdón”: Sí, Don
Felipe, en nombre de España y de los españoles de España tiene que pedir
perdón; y la señora presidente de México, y los señores presidentes de Perú,
Colombia, Venezuela, Ecuador, Argentina, Chila, Paraguay, Uruguay, República
Dominicana, Cuba, y las repúblicas centroamericanas, también tienen que pedir
perdón. Todos tienen que pedir perdón. Tienen que pedir perdón porque nuestros
abuelos fueron incapaces de mantener vivo el Imperio y lo dividieron en veinte
naciones irrelevantes.
Y, sí, Don Felipe y todos los
presidentes americanos tienen que pedir perdón en nombre de todos los hispanos
porque durante doscientos años nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros mismos
no hemos hecho lo necesario para salvar la desunión, e incluso la hemos
empeorado.
Y sí, todos los hispanos, Don Felipe al frente,
tenemos que pedirnos perdón y, sobre
todo, perdonarnos a nosotros
mismos por lo que debimos, por lo que debemos hacer, no hicimos en el pasado y
ahora no hacemos.