La oleada de grandes incendios que está arrasando España, además de preocupación por el inmenso peligro que suponen para vidas y haciendas, ha llenado mis oídos y mis pensamientos con las campanadas rápidas y continuadas que, en mi niñez y primera juventud, desde lo alto de la Iglesia del Rosario, convocaban a todo el mundo, con urgencia, para apagar los incendios que, ¡inexorablemente!, todos los veranos se producían en las tierras resecas de los pueblos de nuestra entonces pobre de solemnidad España. Y, ¡qué cosas!, sin otra ayuda, ¡no existía!, que el esfuerzo de las gentes del lugar, los incendios, dejando siempre alguna desgracia, se apagaban.
Pero, cuando vuelvo al presente, a pensar en que ahora, en estos momentos, la
terrible intensidad y extensión del fuego está siendo de muy difícil solución y
acarreará pérdidas económicas brutales, ¡esperemos que no haya muertos!, no
puedo evitar sentir sublevado el ánimo pensando en que una parte muy importante
de lo que nos está pasando es fruto de la pérdida de eso que se llamaba sentido
común en nuestra sociedad.
Con los incendios está pasando más o menos lo mismo que lo que pasó hace bien
poco con la Dana en Valencia: todos, ¡sí, todos!, sabemos que hay que hacer
presas, no construir en torrenteras, limpiar los ríos y los campos, hacer cortafuegos,
etc. Y todos sabemos que, aunque quienes saben lo dicen a gritos, ¡sobre todo
los ingenieros y las gentes del campo!, los políticos no hacen nada, incluso,
¡escuchando a ecologistas fanáticos y peligrosos!, ¡ah el cambio climático!, toman
medidas para asegurar que cuando llega el agua o el fuego, las desgracias sean
mayores.
Y me pregunto, ¿no deberían ser estos incendios una llamada efectiva a los
políticos para que retornen al sentido común, se dejen de tonterías y hagan lo
que todos sabemos que hay que hacer para evitar o, al menos, atenuar tantas
desgracias?