Mi mujer, Cristina, tenía un habito que no me gustaba nada y que, no se si por fortuna, nunca en los muchos años de matrimonio, pese a intentarlo miles de veces, no conseguí modificar: en lugar de analizar los problemas o valorar a las personas a partir de hechos y usando la racionalidad, apoyaba sus convicciones o sostenía sus puntos de vista en axiomas más propios de eso que llamamos la sabiduría popular que en criterios acordes con una buena educación y una razonable formación académica.
Así, por ejemplo, no dudaba en
aplicar el piensa mal y acertarás; te están vendiendo la burra, no te
enteras de nada, eres más tonto que Picio; al Santo se le adora por la peana; si la
envidia fuera tiña, ¡cuántos tiñosos habría! y la que usaba para
terminar cuando ya no tenía otra: líbrame, Señor de los tontos, que de los
listos ya me ocupo yo.
Y ahora, a la vejez, al ver lo que
está pasando en el mundo, y especialmente cuando aparecen ante mis ojos las andanzas
de personajes que, como el señor Rodríguez Zapatero que tanto mal han hecho a nuestra sociedad, por
primera vez en la vida estoy lleno de dudas: quizá Cristina tenía razón, puede
ser que la experiencia y la memoria colectiva del pueblo llano haya creado un
pozo de saber que, porque no viene envuelto en formas académicas, nosotros,
los que sabemos, ¡ignorantes de la realidad!, despreciamos.
Porque, ahora, tarde, lo
reconozco: es evidente, lo hemos visto a
posteriori, el Señor Rodríguez era, es, tonto, tonto del todo, pero en lugar de
pedir al Señor que nos cuidara de él, lo hemos tratado como si no lo fuera, y así
nos va.
Claro que, con mis muchos años es
muy difícil cambiar y sabiendo que soy un ingenuo, más tonto que Picio, no lo
puedo evitar, es mejor pensar bien que acertar, eso sí, teniendo al lado a una
Cristina que no te deje, ni ante ti mismo, quedar, por bobo, entre mal y fatal.