lunes, 8 de marzo de 2021

936. DE LA NUEVA NORMALIDAD 80

 


YO NO SOY LA, LO, TRANS, NADA. YO SOY HOMBRE Y MI, MUJER, ¡CUANTA FORTUNA!, FUE MUJER

 

Es una barbaridad, lo sé y acepto que al escribirlo me estoy metiendo en un charco en el que me puedo ahogar, pero es tan grande la tentación que estoy dispuesto a aceptar los muchos reproches que, por justos y merecidos, con mis palabras, de las, los, trans, nada, voy a merecer. 

Así, para comenzar, decir que cuando veo en los medios de comunicación las imágenes, para mi entre poco y nada atractivas, y los gritos, para mí entre mal educados y obscenos, de las adeptas a la corriente gubernamental y voluntarista de “las, los, trans, nada”, siempre pienso lo mismo: ¡líbreme el ángel de la guarda de encontrarme a solas con una de estas o estos la, lo, trans, nada!  ¡ni a oscuras, ni con la cabeza tapada, ni amordazada!, No, no quiero estar cerca de estas gentes que por no ser la, son nada.

Ya se que está muy mal hablar de la belleza, del atractivo, de la personalidad, la elegancia o la buena educación de las mujeres; eso son cosas del pasado, de cuando las mujeres, ¡desiguales!, usaban de sus “dotes” para seducir a los mejores hombres de entre los disponibles, y casarse con ellos, cuando no se equivocaban,  para seguir siendo mujeres durante toda la vida. Pero no lo puedo remediar  (y ¡estoy orgulloso!) yo tuve la fortuna de que mi mujer, además de mujer, fuera guapa, elegante, atractiva,  bien educada y decidiera casarse conmigo para hacer, entre los dos,  un matrimonio bien avenido.  

Sin embargo, ahora, las, los, trans, nada, voluntaristas y gubernamentales,  creen que  los tiempos han cambiado y  ya  no necesitan maridos, ni novios,  ni amantes, ni amor; ni nada que huela a hombre. Y bueno, en consecuencia, parece que ya  hay hombres que, porque encontrar a una mujer que sea mujer debe ser complicado, van camino de conformarse con importar de China o Corea  "obedientes"  robots con hechuras femeninas.

¡Qué lejos, para las, los, trans, nada, quedan los tiempos en que los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres y, ¡qué locura!, se enamoraban! 

Bien es verdad, decir, por terminar, que las, los, trans, nada, voluntaristas y gubernamentales, aunque manden y griten mucho, son apenas, menos que una reata y, aunque les pese, son mayoría las mujeres y  los hombres que estando  satisfechos con lo que son, siguen pensando que  lo importante en la vida es vivir en paz, con amor,  trabajando,  educando bien a los hijos y compadeciendo  a esas pobres gentes que, ¡pobres!, no tienen  sexo ni, ¡cuánta tristeza!, tampoco educación.



 

 

 

viernes, 5 de marzo de 2021

935. DE LA NUEVA NORMALIDAD 79

 

¡LOS DISGUSTOS QUE DAN LOS ABUELOS!

 

Día tras día los medios de comunicación, con el impulso de las “fuerzas progresistas”, relatan, con pelos y señales, las trapacerías, ciertas o no, de Don Juan Carlos I, uno de los mejores, acaso el mejor, de entre los reyes Borbones, casi todos malos, que, desde Felipe V, hemos tenido los españoles.

Y, lo tengo que reconocer, al igual que a la mayoría de mis compatriotas y seguro también a su familia, incluido el rey Felipe VI, me disgusta y enfada que sus casi cuarenta años de magnífico reinado queden empañados por las acciones, poco honestas y de imposible justificación, cometidas por Don Juan Carlos después de cumplir 77 años.

Pero, todos los españoles que tenemos años sabemos bien que las personas, cuando envejecen, se deterioran y cambian, unas para bien y otras para mal. Y, no solo eso, también todos conocemos, porque lo hemos vivido, el drama que es para los hijos y para toda la familia el que un buen padre o una buena madre, en muy pocos años, se hayan convertido, en auténticos monstruos que manipulan, mienten y torturan precisamente a quienes más los quieren y a quienes ellos más han querido en el pasado.

Además,  todos sabemos los disgustos que nos dan y  lo difícil que es, imposible en muchos los casos, controlar a ese “al monstruo”, al que a pesar de todo seguimos queriendo, en que se ha convertido nuestro buen padre o nuestra santa  madre.

Y, aunque es muy duro, a veces, en la familia y en el entorno próximo, tenemos la suerte de que todos nos damos cuenta de que nuestro padre, nuestra madre o nuestro amigo, se ha convertido en “un monstruo” y, evitamos, para sufrir un poquito menos, hacerlos caso, no nos dejarnos manipular y hasta conseguimos que el drama permanezca dentro de la familia.

Pero, ¡es tremendo!, en ocasiones, “el monstruo”, mientras hace maldades, consigue ocultar a las personas con las que no convive su condición de deterioro mental, su capacidad para engañar y hacer el mal. Y esta situación es acaso la más terrible: sabemos que nuestro padre, nuestra madre, ha contraído una enfermedad de deterioro mental, nos hace la vida imposible, lo seguimos queriendo y, para colmo, sufrimos como al ver como “la gente”, olvidando que fue una persona buena, lo maldicen hasta desear su muerte, mientras esa misma gente culpa a la familia de las barbaridades de su padre, madre o abuelo.

Y, volviendo a nuestro rey Don Juan Carlos I, estoy convencido de que ha sido un muy  buen rey, pero también estoy convencido de que ya no es la misma persona y es muy cruel mantenerlo, físicamente destrozado  y, seguro , senil,  lejos de la familia, acusado de todo mal en los periódicos y perdiendo el afecto de los españoles,   en lugar  traerlo al lado de los suyos, para que,  bien cuidado,  solo pueda dar disgustos, porque eso ya no se puede evitar, a su familia y no a todos españoles.

 

Nota

Debo añadir, para que también quede claro, que nuestro padre, nuestra madre, “nuestro monstruo”, no puede entender cuánto hace sufrir a los suyos y sufre él mismo porque se siente, además de incomprendido, injustamente maltratado y perseguido. 


 

jueves, 4 de marzo de 2021

934. LA NUEVA NORMALIDAD 78

 

DESPROPÓSITOS: EN TODAS PARTE CUECEN HABAS

 

Hace algunos meses, en plena pandemia, leí La transformación de la mente moderna, un libro apasionante de Jonathan Haid (el autor de La mente de los justos) y Greg Lukianoff  y pese a su gran interés, probablemente por la locura que estamos viviendo en los últimos doce meses, en lugar de difundirlo y comentarlo, lo había dejado en el olvido.

Sin embargo, las afirmaciones contenidas en el libro de de Haid y Lukianoff  hoy han asaltado mi pensamiento y  me han obligado a reflexionar y  ahora  a compartir algunas ideas: y ello porque  he leído en alguna parte  que Owen Stevens, estudiante de la escuela de Educación de la Universidad Estatal de Nueva York, por el hecho de haber subido a  instagram  unos videos, (al final de esta entrada se encuentra el enlace a uno de los vídeos),  en los que afirma que  un hombre es un hombre y nunca podrá ser una mujer, ha sido denunciado por sus compañeros y, en consecuencia, además de ser  suspendido en su escuela,  se le ha exigido que retire los vídeos, pida disculpas y  asista a unos cursos de reeducación.

Evidentemente, caso de que lo anterior sea cierto (solo tengo una fuente), aunque a mí me puede parecer un despropósito, luego de haber leído La transformación de la mente moderna, me parece el hecho entra en lo que hoy puede ser normal en las Universidades de los Estados Unidos.

Es decir, viendo lo que nos está ocurriendo en España, contemplo con tristeza que, también (o más que aquí), en Estados Unidos, cuecen habas.

Y, como las ideas se enlazan, inexorablemente unas con otras, no me resisto a pensar que el psicólogo moral Juan Francisco San Andrés, puede tener razón cuando afirma que los Estados Unidos de Norteamérica han entrado en un período de decadencia que puede acabar en el desastre, y ello como consecuencia (en parte) de la asunción por los universitarios primero y por los políticos demócratas, después, de las críticas que se han hecho y se hacen en todo el mundo a los valores, creencias y modos de vida de los estadounidenses y, lo que es peor, se lo han creído, lo mismo que los españoles nos hemos creído la leyenda negra…

Evidentemente, si lo confirmo, dedicaré al “asunto Stevens en la Universidad de Nueva York” y a las tesis de los autores norteamericanos que he citado varias entradas en el blog; y como, en todo caso, lo haré cuando conozca con mayor profundidad las hipótesis sobre las que actualmente trabaja Juan Francisco San Andrés.

 

Nota:

A continuación, el enlace a un vídeo de Owen Stevens en instagram

https://www.instagram.com/tv/CH6R687JKWm/?utm_source=ig_embed&mkt_tok=OTA3LU9EWS0wNTEAAAF7l0_vNUF6Qh42Hj1YU8cLmeVk7JJsVPj3q6CIMUSUs_QaATkMnvbt_lfVIdfEcSo4fnwjq3e7fBQ9EMGXVkT8x4Iqn4EN8N-07m7BtnirKmqMbA

 


 

 

 

 

sábado, 27 de febrero de 2021

933. DE LA NUEVA NORMALIDAD 77

   

 

DE LA FELICIDAD

 

No, aunque ha hecho un día precioso, hoy no  he encaminado mis pasos a la calle Guadarrama; no he visitado a mi bella gitana y no, no puedo hablar de ninguno de los múltiples temas que otros días me han parecido importantes.

Hoy solo puedo hablar de las cosas normales, de esas que, al final, son las que realmente, como a todos los “viejos”, (haber cumplido 77 es ser “viejo”), me importan.

Primero, cada más despertar, la primera alegría: un sol radiante para iluminar el día; luego, enseguida, las buenas noticias de dos amigos muy queridos que batallan contra el cáncer y, acaso por ellos, a continuación, tratando de olvidar las tristezas, el delicioso recuento de lo mucho bueno que me rodea y tengo, a estas alturas, porque sin merecerlo, Dios, la Vida, me ha regalado.

Al mediodía, junto a mí hija Cristina y a mis dos nietas mayores, están preciosas, un paseo, entre un bullicioso y alegre gentío, por la Gran Vía de Majadahonda, hasta encontrar, casi al final de la calle, una mesa libre en una terraza, para tomar un refresco y, sobre todo, sentir amor y estar juntos hablando de lo que importa en las familias, esa mezcla tan especial de todo y de nada.

Más tarde, regresando a casa, abrazado a un ramo de mimosas, al lado de mi hija, hablando tranquilos y viendo el ir y venir de las niñas que descubren en la calle secretos que los adultos ignoramos, con el sol en el rostro y la nieve lejos, en las montañas, un instante de felicidad me ha llenado el alma.  

Pasadas las horas, lleno todavía del sabor de la mañana, otra vez atraído por la belleza de la luz, el azul del cielo, el color de los árboles, las flores que adornan las calles, sin abrigo, con mi chalina boliviana, el bastón en la mano y el sombrero de paja, he vuelto a salir de casa para, sin asombrarme, llenarme también con la misma alegría que llena de sonrisas el andar y los rostros de las personas que, más deprisa que yo, caminan por las cuidadas avenidas de Majadahonda.

Sí, al final, cuando lo piensas, son las pequeñas cosas de cada día las que, aliñadas con amor y paz, te dan ese intangible maravilloso que es la felicidad, lo que yo he tenido en este maravilloso día.