Cuando éramos niños, a mediados del siglo XX, nuestros padres y maestros antes de enseñarnos Los Diez Mandamientos se aseguraban de que hubiéramos aprendido otro previo: decir la verdad y no mentir.
Es evidente, que esto lo hacían porque
el niño, el adulto, que no miente está protegido de sí mismo; por la cuenta que
le tiene evita caer en otros pecados o delitos, sabe que, porque no puede mentir, tendría que pagar por
ellos.
Y claro, aunque la norma general era
clara, había algunos matices que eran difíciles de explicar, más difíciles de entender y casi imposible
aplicar: el primero era ser educado, saber cerrar la boca y callar; jamás decir cosas como yo soy muy
sincero y, a continuación soltar cualquier verdad que pudiera
molestar, siempre había cosas que no se debían
decir a determinadas personas o, en ciertos casos, ¡eran
secretos!, a nadie; por ejemplo, a
la tía Juanita que era más fea que Picio o, a nadie, que el negocio
familiar comenzó con un lupanar regido por la muy alegre alcahueta que fue
nuestra dulce abuela. El segundo matiz, ¡quizá el peor!, era eso de las mentiras
piadosas, pero este, aunque frecuente en la sociedad, no lo explico porque
en mi familia estaban rigurosamente prohibidas y nunca he sabido usarlas,
Y claro, porque las gentes de mi
generación lo aprendimos bien, tratamos de enseñar lo mismo a nuestros hijos y
podemos decir que, hasta hace pocos años, ya en el Siglo XXI, una de las
características de nuestra sociedad fue el dominio de la verdad sobre la
mentira, la verdad era un bien natural y
la mentira un mal.
Sin embargo, en el momento actual, en
todas partes, pero aquí y ahora con mayor intensidad “la gente”, y
especialmente “los políticos”, todos sabemos, ellos también, que no dicen la
verdad, que mienten, y que mienten tanto que
es imposible saber si alguna vez dicen algo que sea verdad.
Lógicamente, detrás de la mentira vienen
todos los delitos y, ¡es asombroso!, a quienes cometen los más graves no les
importa, acaso porque se creen a salvo, ¡son inmunes!, a la Justicia de Dios,
¡no existe!, y ¡ellos son la Justicia!,
de los hombres.
Pero, cuando toda la sociedad está
contagiada por la mentira y no es posible conocer la verdad, la convivencia es
imposible, para vivir todos necesitamos certezas, al menos algunas: confiar en
tus padres o en tu mujer, saber que tus hijos son tuyos, que en casa no te vas a quedar sin agua o sin luz, que
vas a tener trabajo el próximo mes, que el contrato que firmaste se va a
cumplir…
Sin embargo, porque soy optimista, me
digo: lo que ahora sucede no es nuevo, ha pasado muchas veces en la historia y
encontraremos una solución, porque, a fin de cuentas, después de la tempestad
siempre vuelve la calma.
Y, para terminar, pienso que, mientras
las cosas no mejoren, nosotros podemos hacer lo mismo que hacía mi abuela: para
explicar que Juanita era fea a rabiar, decía:
Juanita no es muy agraciada; y si era el caso, no olvidaba añadir
pero es encantadora.
3 comentarios:
👏👏👏👏
Lo malo es cuando la tía ni es guapa ni encantadora; vamos, que es una bruja. Lo mejor entonces cuando no se puede decir la verdad, es optar por el silencio, pero el silencio también es elocuente y dice, a veces, más que las palabras.
Bromas aparte, es terrible vivir en esta insinceridad permanente, y que la verdad sea amenazada. Da un poco de miedo.
Cuando el actual jefe de gabinete del presidente del Gobierno, Diego Rubio, historiador y doctor por la Universidad de Oxford, ha sido elegido por su especializacion, es autor de la tesis doctoral "El engaño como herramienta para conservar el poder a lo largo de la historia" y del libro La ética del engaño (2016), el asunto pasa a ser más preocupante.
Un abrazo, profesor,
GE
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