sábado, 8 de noviembre de 2025

1215. COSAS DE VIEJO: DE LA VERDAD Y DE LA MENTIRA

Cuando éramos niños, a mediados del siglo XX, nuestros padres y maestros antes de enseñarnos Los Diez Mandamientos se aseguraban de que hubiéramos aprendido otro previo: decir la verdad y no mentir.

Es evidente, que esto lo hacían porque el niño, el adulto, que no miente está protegido de sí mismo; por la cuenta que le tiene evita caer en otros  pecados o delitos, sabe que, porque no puede mentir, tendría que pagar por ellos.

Y claro, aunque la norma general era clara, había algunos matices que eran difíciles de explicar,  más difíciles de entender y casi imposible aplicar: el primero era ser educado, saber cerrar la boca y  callar; jamás decir cosas como yo soy muy sincero y, a continuación soltar cualquier verdad que pudiera molestar,  siempre había cosas que no se debían decir  a determinadas  personas o, en ciertos casos, ¡eran secretos!,  a nadie;  por ejemplo, a  la tía Juanita que era más fea que Picio o, a nadie, que el negocio familiar comenzó con un lupanar regido por la muy alegre alcahueta que fue nuestra dulce abuela. El segundo matiz, ¡quizá el peor!, era eso de las mentiras piadosas, pero este, aunque frecuente en la sociedad, no lo explico porque en mi familia estaban rigurosamente prohibidas y nunca he sabido usarlas,

Y claro, porque las gentes de mi generación lo aprendimos bien, tratamos de enseñar lo mismo a nuestros hijos y podemos decir que, hasta hace pocos años, ya en el Siglo XXI, una de las características de nuestra sociedad fue el dominio de la verdad sobre la mentira, la verdad era un bien  natural y la mentira un mal.

Sin embargo, en el momento actual, en todas partes, pero aquí y ahora con mayor intensidad “la gente”, y especialmente “los políticos”, todos sabemos, ellos también, que no dicen la verdad, que mienten, y que mienten tanto que  es imposible saber si alguna vez  dicen algo que sea  verdad.

Lógicamente, detrás de la mentira vienen todos los delitos y, ¡es asombroso!, a quienes cometen los más graves no les importa, acaso porque se creen a salvo, ¡son inmunes!, a la Justicia de Dios, ¡no existe!, y ¡ellos son la Justicia!,  de los hombres.

Pero, cuando toda la sociedad está contagiada por la mentira y no es posible conocer la verdad, la convivencia es imposible, para vivir todos necesitamos certezas, al menos algunas: confiar en tus padres o en tu mujer, saber que tus hijos son tuyos, que en casa  no te vas a quedar sin agua o sin luz, que vas a tener trabajo el próximo mes, que el contrato que firmaste se va a cumplir…

Sin embargo, porque soy optimista, me digo: lo que ahora sucede no es nuevo, ha pasado muchas veces en la historia y encontraremos una solución, porque, a fin de cuentas, después de la tempestad siempre vuelve la calma.

Y, para terminar, pienso que, mientras las cosas no mejoren, nosotros podemos hacer lo mismo que hacía mi abuela: para explicar que Juanita era  fea a rabiar, decía: Juanita no es muy agraciada; y si era el caso, no olvidaba añadir pero es encantadora.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

👏👏👏👏

Anónimo dijo...

Lo malo es cuando la tía ni es guapa ni encantadora; vamos, que es una bruja. Lo mejor entonces cuando no se puede decir la verdad, es optar por el silencio, pero el silencio también es elocuente y dice, a veces, más que las palabras.
Bromas aparte, es terrible vivir en esta insinceridad permanente, y que la verdad sea amenazada. Da un poco de miedo.

Anónimo dijo...

Cuando el actual jefe de gabinete del presidente del Gobierno, Diego Rubio, historiador y doctor por la Universidad de Oxford, ha sido elegido por su especializacion, es autor de la tesis doctoral "El engaño como herramienta para conservar el poder a lo largo de la historia" y del libro La ética del engaño (2016), el asunto pasa a ser más preocupante.

Un abrazo, profesor,
GE