Ayer, 15 de noviembre de 2025, a las seis y media de
la tarde, en Madrid, en la Capilla del Santísimo de la Parroquia de San
Francisco de Borja, Leticia e Ignacio celebraron su matrimonio; y lo hicieron ante las miradas, atentísimas,
de sus familias, mexicana y española, y de sus amigos más queridos.
Y, con profunda emoción, escribo estas líneas porque la ceremonia en apariencia
normal: engalanados los novios,
afectuosos los tres sacerdotes, la liturgia tradicional, la muy sugerente homilía, el intercambio de anillos, las arras
y la bendición final; fue, además, la demostración, maravillosa, de cómo el
poder de la Fe, la fuerza del Amor y la generosidad del alma superan los
obstáculos más difíciles y regalan a
quienes los vencen mares inmensos de alegría y felicidad.
Ignacio, un médico eminente, ahora con 85 años, tuvo
un matrimonio feliz que le ha dejado buenas
hijas y varios nietos, en ningún momento desde que murió su mujer hasta que
hace un año apareció Leticia, paso por su mente la idea de tener un nuevo
amor. Ah, Ignacio es español y vive en Majadahonda una ciudad de la Comunidad
Madrid, en el centro de España.
Leticia, también es médico, ¡y muy buena!, tuvo
también un matrimonio feliz que le ha dejado hijos y una preciosa nieta, tampoco,
en ningún momento, desde que murió su marido, hasta hace un año, cuando
apareció Ignacio, pasó por su mente tener un nuevo amor. Ah, Leticia es
mexicana y vive en Reynosa una ciudad fronteriza del estado de Tamaulinas al
noreste de México.
Más tarde, cuando en la recepción he visto a Leticia
y a Ignacio recorrer incansables una tras otra todas las mesas para saludar y
agradecer a los invitados su presencia en la celebración, al igual que antes, en
la Capilla del Santísimo, mi alma se ha llenado de emoción: ¡es casi osadía el valor de esta mujer!
Ella, con la vida hecha y un futuro tranquilo, acomodada
en la hacendosa rutina que regala un pasado de esfuerzo y buen hacer, de pronto,
¡sorprendida!, sintió el principio de un nuevo amor, y porque tiene confianza,
Fe, lo dejó crecer, ¡y ya no era un sueño!, era su mayor anhelo, y se arriesgó,
¡es tan generosa!, lo arriesgó todo. E Ignacio muy pronto sintió lo mismo, y,
¡es misterioso!, olvidada la vejez de su cuerpo, entregó a Leticia su alma rejuvenecida, ¡cuánta
alegría!
Sí, me digo emocionado, ahora, parece normal, ¡tan sencillo!,
ver pasear entre las mesas, bajo la mirada feliz de sus familias, a Ignacio y a Leticia… Pero no, llegar a esto ha sido un milagro, un inmenso e infrecuente regalo
que el Cielo ha otorgado, como premio a su Fe, a su Amor y a su generosidad a Leticia e Ignacio.
Dios guarde a Leticia y a Ignacio, con sus preciosas
familias, en México y en España, por muy largo tiempo en la alegría feliz del
amor que hoy, en la Capilla del Santísimo, el Señor ha bendecido.



