Sí, ya sé que
son unos golfos, que se merecen lo que tienen y mucho más; que su jefe, el
doctor, es igual que ellos o peor, que
no tienen principios, que son un peligro público, que son la causa de muchos,
de muchísimos males, que tienen que acabar en la cárcel y que todo lo que les
pase es poco para lo que les debería pasar.
Sí, es una
buena noticia que tres de los más grandes sinvergüenzas de nuestro siglo ya se
hayan visto ante un juez y pasado por las celdas de una prisión; y también lo
es que estén muy enfadados con el cuarto, con el más guapo, con ese que los ha
abandonado y sigue a lo suyo, haciéndose el santo, quedándose con todo y
negando lo que es.
Sí, también es
una buena noticia que el doctor, el
cuarto sinvergüenza, esté muy cerca de caer, que un día cualquiera, muy pronto,
irá a visitar a un juez.
Sí, es un
respiro y me satisface en extremo que la banda de los cuatro golfos, la peor
que ha dado España en este siglo, esté casi desarticulada y su jefe a punto de
caer; cuando esto ocurra saltaré de alegría y, por años y años, lo celebraré.
Sin embargo,
de pronto me asalta la tristeza, ¡lo mal que deben estar estos hombres!, ¡no por merecerlo dejan de estar
sufriendo! Lo tuvieron todo, no tuvieron freno, fueron poderos, ¡presumieron!,
y ¡cuánto envidioso!, se quedaron sin nada y, todo el mundo sabe, ahora los
desprecian, ¡pobres parientes!, que son
unos golfos muy golfos.
Casi lloro de
pena, ¡qué tragedia la de estos golfos!, tres, para mucho tiempo en la cárcel,
recordando lo que fueron, sin amor y sin dinero. Sí, casi lloro de pena, pero,
¡menos mal!, me contengo, todavía falta uno, el jefe, para que el grupo de la
banda, los cuatro, entre rejas, añorando titis y saunas, esté completo.
Nota: la imagen que ilustra esta entrada está adaptada de otra tomada de Amazon en Internet.




