Aunque en temas de religión, como en tantos otros importantes, los números no siempre reflejan la realidad, se puede afirmar que, en el mundo, ¡cambiante y convulso!, actualmente viven aproximadamente 2.400 millones de cristianos, un tercio de la población mundial, que, de ellos, 1.400 millones son católicos y que de estos al menos un tercio, 500 millones son nietos del Imperio y hablan español.
Y, en estos días, el Sumo Pontífice, Su Santidad el Papa León XIV, Representante de Jesucristo en la tierra, cabeza de la Iglesia Católica y, por ello, “jefe” de los católicos del mundo, ha visitado, está visitando España.
La visita del Papa León XIV a España está siendo,
¡estamos en su cuarto día! un acontecimiento de primera magnitud por múltiples
razones y a mí, como español católico, malo, heterodoxo y del todo indigno de mis mayores, pero
profundamente católico, me está obligando a reflexionar sobre algunas emociones
que sumadas a las mil dudas que acompañan mí mente de viejo no dejan de cruzarse
mi pensamiento.
Por ello, y sabiendo que cuanto pienso y escribo
está lejos de ser riguroso, es desarticulado, confuso y, muy probablemente alejado
de la auténtica realidad, he reunido en esta entrada algunas de las emociones
que, al menos en estos momentos, me parecen importantes.
Así, decir que estoy absolutamente orgulloso como
católico por tener un Papa con una visión clara de lo que es, ¡lo que debería
ser!, el contenido de la Fe y la forma de vivir de un miembro, de todos los
miembros, de la Iglesia Católica, y que, además, aun sabiendo que “muchas
cosas” de las que el cree, las proclama, exige y defiende con firmeza, aunque a
nosotros, a los bautizados, y a la mayoría de los hombres nos disgustan y
hacemos de ellas ningún caso en nuestras vidas.
También estoy sumamente orgulloso por la
organización, ¡impecable!, de la visita del Papa, está siendo una muestra del poder de la Iglesia, ¡que no ejerce!, y de la capacidad de los católicos y de la sociedad española en general para hacer cosas grandes y hacerlas muy, muy bien.
Además, me ha llenado de alegría la presencia, en
estos tiempos muchas veces escondida, de la fe católica en la sociedad
española, que no ha dudado en acudir a los actos y salir a las calles para
afirmar la solidez de sus creencias.
Y, esto es especialmente relevante, la
disposición de los católicos españoles a recordar la esencia de generosa
justicia, de caridad sin duda, que implica reconocer como natural de igualdad
de los hombres y la dignidad de todas las personas humanas propia de nuestra
tradición desde hace siglos; y ello a pesar de conocer y reconocer las
dificultades para admitir y aceptar a los diferentes.
Ahora bien, en medio de la nube de alegría que me
embarga, no puedo olvidar la presencia del Mal, la tentación permanente,
impulsada por Satanás y padecida por nosotros, de excluir y, si fuera posible,
exterminar, a quienes no aceptan nuestra manera de ver y entender la vida
Y, consecuencia de lo anterior, lo que más me
inquieta, lo que más me preocupa, es la renuncia, ¡disimulada y muy callada!, de
nuestra sociedad a la premisa fundamental del catolicismo español, esa que
implica, al menos, la aspiración o el sueño amar al enemigo, devolver bien por
mal y estar dispuestos al sacrificio hasta dar la vida sin dudarlo cuando, como
tantas veces en el pasado, ¡los santos y los mártires hispanos son infinitos!, sea
preciso en defensa de la Fe y la Caridad.
Sí, la visita del Papa León XIV ha sido para mí
un aldabonazo que, acaso, es posible que, con la ayuda de la Iglesia y, sin
duda, de Dios, puede hacer mejores a los católicos de todo el mundo, ¡a mí
también!, y, como pedimos en todas nuestras oraciones, a todos los hombres de
buena, ¡y de mala!, voluntad.
Dios nos ha regalado la visita del Papa y Él nos
ha recordado la bondad y la necesidad de obedecer a Jesucristo, ahora solo nos
queda hacer un poco de caso a lo que nos han dicho y recuperar con ello una
parte esencial, nuestro catolicismo, del alma hispana.
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