descansa el
ejército de platos colocados,
copas altas, cubiertos ordenados
y servilletas bien dobladas.
Las sillas hacen
guardia
esperando la llegada de las hijas
y los yernos, del hijo, la nuera,
las hermanas y los nietos.
Miro la mesa y me pregunto: ¿Qué falta?
En el silencio ella me dice: no te preocupes mi amor,
no falta nada.
Los platos del pan, ¿quito los de cristal y pongo los de plata?
¡Que no José Luis, que no!, ¿por qué te empeñas si
sabes
que no quiero ni ver los platos de plata?
Está bonita así la mesa, tan primorosa.
He movido los asientos, nadie se va a sentar en su sitio,
y cuando levante la mirada, en el otro extremo,
veré su rostro sonriendo.
Y luego, durante la comida, muy callada,
mi mujer, mi
vida,
presidiendo la
mesa, fijándose en todo,
como siempre, seguirá
conmigo.

