EN EL PUENTE
En la humedad del puente
te siento entre las sombras,
y, para verte, cierro los ojos a las luces
que alumbran silencios de alma.
EN EL PUENTE
En la humedad del puente
te siento entre las sombras,
y, para verte, cierro los ojos a las luces
que alumbran silencios de alma.
EN EL PUENTE DE LA TOJA
Una y otra vez la línea purpura de las buganvillas ¡son tan hermosas!, paralela en un trecho al seto verde, de arizónicas bien recortadas, llevan mis ojos desde el suelo también verde donde un bosque de moreras, encajadas entre las fachadas de los cuatro edificios singulares que hacen del lugar un paraíso veraniego, hasta los eucaliptus, centinelas de la ría que intentan dar sombra en un paseo solo en apariencia solitario.
Es tanta la atracción del agua que dejo todo para acudir, caminando bajo los altos y estrechos soportales y sobre un suelo de pizarras negras, los no muchos metros que me separan de la calle que, cruzada, roza el agua.
Enseguida estoy en la acera: a mi izquierda la Ría, a mi derecha casas blancas, todas buenas, de frente el paseo que va hasta el puente que une la Toja con O Grove.
Mirando a la Ría, escuchando los pasos de mi bastón y sin ver a nadie, hago despacio el camino que me lleva a la entrada del precioso puente que, sobre la Ria de Arosa, une o quizá separa, la Isla de La Toja del casco urbano de O Grove.
Son cuatrocientos metros los que mide el puente, una distancia que, pareciendo corta, mi bastón acepta, pero que, en mi pensamiento es muy, muy larga: es la que separa lo bello de la isla del alboroto acumulado de un pueblo feo; es lo que aleja la tranquilidad de lo bien hecho de la inquietud que anima el desorden de casas, calles y callejas; es lo que hay de prosperidad y limpieza en La Toja de un O Grove que ni la lluvia ni el mar han podido alegrar con el paso de los años.
Deshago el camino, me detengo a mitad del puente y, asomado sobre la barandilla contemplo el oscurecer que comienza a llenar la Ría, la luz de una farola me deslumbra los ojos, me doy cuenta que estoy pisando grandes baldosas que guardan infinitos sueños y rezo por las mujeres y los hombres que, como yo ahora, en sus pasos, tuvieron hermosos sueños.
Luego, sin más pensar, voy por la gran calle hasta los primeros eucaliptus, luego bajo los soportales y pisando las pizarras y, ya sin fuerzas, en casa, al calor de los nietos me rindo del todo.
(Texto redactado en La Toja, el lunes 10 de agosto de 2020)
EN LA TOJA
El cielo gris de nubes quietas, casi azul en lo alto, cubre los reflejos del aire frío que mueve las hojas de los árboles.
A mis pies, una gran morera de hojas amplias me recuerda que ya no hay gusanos de seda, que las ramas bajas del árbol, con sus hojas, están a salvo de las manos ansiosas de los niños y del insaciable comer de los gusanos.
Veo con gozo una fila ancha de buganvillas sobre las vigas blancas de una terraza y, al fondo, detrás de los eucaliptus, la ría, el agua y, un poco más allá, la montaña que baja, acaso resentida, para hacerse O Grove.
Y, muy cerca, intuyo el puente blanco que, con las farolas sobre las barandillas, guía hacia más y más lejos, mis pensamientos.
(Texto redactado en La Toja, el domingo 9 de agosto de 2020)
SU
MAJESTAD DON JUAN CARLOS I SE MARCHA DE ESPAÑA Y YO SIENTO UNA INMENSA Y
PROFUNDÍSIMA VERGÜENZA
Cuando, en 1975, el Príncipe de España, Don Juan Carlos de Borbón, se convirtió en Rey, con su acceso al trono, además de darnos a los españoles la tranquilidad, entonces tan necesaria, de asegurar la vigencia de las instituciones, abrió el camino, tan difícil y exitoso, a la reconciliación entre los españoles y a la consolidación de la democracia.
Luego, durante casi cuarenta años, Don Juan Carlos, con la majestad de un buen hacer que no tiene parangón en muchos siglos de nuestra historia, ha sido el pilar sobre el que se ha soportado el esfuerzo de los españoles que, sacando lo mejor de todos nosotros, ha hecho de nuestra patria un gran país con un, a pesar de todo, muy buen presente y, lo que es aún mejor, si lo cuidamos, abierto a un magnífico futuro. Por ello le debo, le debemos todo nuestro agradecimiento.
Ahora, cuando tanto hemos recibido de Don Juan Carlos, él, viejo y enfermo, se marcha al exilio, para morir lejos de España.
Y, para mí vergüenza, Don Juan Carlos se va porque los españoles no hemos sabido defenderlo de los ataques de los enemigos de la Constitución y de la Monarquía, de esa minoría de lobos que pretende romper, y a este paso puede conseguirlo, la convivencia entre los españoles, e implantar en España una dictadura populista.
Yo, en 1975 no era monárquico; en 1985 aunque ya era Juancarlista, seguía sin ser monárquico; más tarde, desde algún momento que no recuerdo del siglo pasado, Don Juan Carlos me convirtió, del todo, en un ferviente monárquico que, ahora, en este día triste por la marcha al exilio de nuestro Rey, está lleno de una inmensa y profundísima vergüenza por lo que hemos hecho los españoles o hemos dejado que nuestros gobernantes hagan a ese extraordinario Rey, al que los españoles tanto debemos, que ha sido Su Majestad Don Juan Carlos I
AGOSTO
Agosto, con su cuchillo de fuego,
aturde y devora mis pensamientos.
Te busco en las tinieblas,
mis manos se llenan de vacío
y mi alma es angustia y temor.
¡No, no te marches mi vida!
¡sigue conmigo, no te marches mi amor!