sábado, 20 de agosto de 2022

1004. COSAS DE VIEJO: MANE, TECEL, FARES.

 

En La Toja, a orilla de la ría, contemplando con placer el puente, una vez más, como tantas en los últimos tiempos, el desasosiego, como un golpe, ha venido a visitarme. En el azul del cielo, muy grandes, escritas con nubes blancas, he leído tres palabras que durante muchos años he guardado en el fondo de mis olvidos: Mane, Tecel, Fares.

Con horror, ha vuelto a mis ojos la imagen del profeta Daniel, en la sala de banquetes, en la gran orgía, horas antes de que el rey de Persia, Darío el Grande, las hiciera realidad, interpretando para Baltasar, el último rey de Babilonia, el significado de las tres palabras que una mano misteriosa, ¿la del Dios de los judíos?, había escrito en la pared:  Mane, Dios ha contado tus días y marcado tu final; Tecel, has sido puesto en la balanza y tu peso es insuficiente; Fares, tu reino será dividido.

Cinco centurias y media antes de Jesucristo, dos mil quinientos y pico años antes de nuestro tiempo, las élites de Babilonia, encabezadas por el narciso Baltasar, disfrutaban de lo bueno de la vida sin pensar en el peligro en que vivían. Y, me pregunto, qué pensaban, qué sentían, las gentes que, además de los judíos, moraban en la ciudad de los jardines, ante la llegada inminente de los ejércitos persas de Darío, acaso, como su rey, nada.

Y, en la entrada del puente, mi memoria de viejo, me lleva lejos, a pensar estremecido en lo terrible y hermoso de nuestra contingencia, a contemplar en el cielo el final, siempre el final, de los poderosos asirios, de los eficientes persas, de los racionales griegos, de Roma y de Bizancio, de los grandes sultanes otomanos, del Imperio español y, ahora el de los anglos…

Y veo, escritas en el cielo, sobre las calles de La Toja, de las ciudades y de las playas de España, de las hermosas plazas de la rica Europa, las tres palabras, Mane, Tecel, Fares, mientras yo, nosotros, sin atenderlas, seguimos disfrutando la misma o más grande orgía de Baltasar en Babilonia…

Las risas alegres, quizá felices, de unas muchachas que, acercándose a la entrada del puente, donde la acera se estrecha, pasan muy cerca, casi me rozan, me despiertan; el azul el cielo ha borrado las nubes blancas que formaban las tres palabras y, olvidado el desasosiego, disfruto de nuevo la gran fortuna que es para mí, estar aquí, mirando lo hermoso de la vida desde el precioso puente, aquí, en La Toja. 

 




jueves, 4 de agosto de 2022

1.003 COSAS DE VIEJO: DEL NIQUI A LA CORBATA

 

Ya en el colegio, desde los nueve años, usaba, como todos mis compañeros, una corbata alrededor del cuello, y recuerdo todavía a mi madre haciéndome el nudo para que estuviera perfecto. Más tarde, en la Escuela, en la Universidad y en todos los trabajos que he tenido, son muchos y variados, también seguí usando la corbata.

Y no es mérito ni demérito, nunca se me hubiera ocurrido dejar de ponerme la corbata, un señor, para salir a la calle, se ponía la corbata.

Pero, bien es verdad, que, en el verano, en vacaciones, guardaba las corbatas en el armario y sustituía las camisas por niquis, esos que ahora se llaman polos; pero incluso en verano, si había algo especial, los niquis de guardaban y, con la camisa salía la corbata.

Pero claro, los tiempos cambian y desde hace algunos años, desde que dejé de trabajar, uso niquis, tengo muchos, y los trajes, las camisas y las corbatas se guardan en armarios cuyas puertas se abren solo en las contadas ocasiones, cada vez menos, en que acudo a actos en los que es obligado el traje y la corbata.

Sin embargo, en estos días, el narciso doctor que preside el gobierno de España, por aquello de la ecología, Putin, la guerra de Ucrania, y acaso porque alguien le ha dicho que es de señores usar  corbata, ha decidido eliminar, para todos, la prenda en España  y, eso sí,  seguir, con sus ministros, haciendo lo mismo que siempre, pero sin corbata.

Pues mira, lo tengo muy claro, desde ya, siempre que salga de casa, incluso con niqui, pienso usar, la corbata.

 

Nota

Hasta es posible que el narciso doctor, muy pronto intente, con un Real Decreto, que todos los hombres, para salir de casa, en España,  lo hagamos  sin afeitar, despeinados, con pantalones cortos, con botas o chanclas, siempre  puercos, y, por supuesto, como buenos progresistas, sin corbata.






miércoles, 3 de agosto de 2022

1.002 COSAS DE VIEJO: DE LOS SUSTOS Y ESAS COSAS


Los males, cuando eres viejo, son tan frecuentes que debería estar acostumbrado, sin embargo, convertidos en sustos, muchas veces no dejan de sorprenderme.

Y hoy, sin referirme, a las mil ocurrencias, casi todas malas, de los narcisos que nos gobiernan, contaré el sucedido que me ha ocupado en estos días tórridos del verano de este año.

Por la mañana, antes de que el calor lo llenase todo, muy decidido, después de ducharme, bien vestido, en la cabeza el panamá y el bastón en la mano, abriendo, para salir, la puerta de casa, el cuerpo me advirtió que antes de hacerlo era obligada una visita urgente al cuarto de baño.

Y nada, nada de nada. Sólo un malestar creciente, sudores fríos y un susto. Un rato de espera y nada, nada de nada.

Algo aturdido, salí del cuarto de baño y, en lugar de pensar en salir de casa, me encaminé derecho al refugio que es mi sillón de viejo.

No llegué a sentarme, casi corriendo, por si caso, hube de volver a bajarme los pantalones. Y nada, nada de nada, bueno sí, ese nada era que me acompañaba otra gotera, nueva y muy mala.

Y, ¡menos mal!, esta vez pude llegar hasta el sillón; ¡qué descanso!, a pensar: a mi mujer le pasaba, por las noches tomaba unos polvos que dejaban el vaso manchado, me parece, de amarillo; y a mi suegro también le pasaba; ¿o no será algo mucho peor, no será una obstrucción como la que llevó, para estar una larga temporada, a mi padre, en el hospital?

No fue larga la reflexión, otra urgencia, por tremenda, ¡ahora sí!, me hizo correr. Pero no, todo lo malo tiende a empeorar, y a la imposibilidad de descomer se había añadido la de desbeber.

Y sentado mirando con pena mis pantalones apoyados en el suelo, no pude, casi llorando, dejar de pensar: ¡me van a matar mis hijas! ¡ponerme malo cuando ellas no están! ¿y si tengo que ir al hospital? No pasa nada, me dije, si esto sigue llamaré a mi hermana que, seguro, lo va a solucionar; pero no hace falta, lo sé, lo que hay que hacer, es caminar.

Un paseo por la casa, otro aviso, ¡tengo la tripa dura! ¡qué barbaridad! ¿será la obstrucción intestinal?

Esta vez me senté con tranquilidad, ahora con el lapicero en la mano, haciendo el sudoku, a esperar. Como no era fácil, cuando solo faltaban pocos números y estaba a punto de terminar, otro susto: tenía los pies y las piernas dormidas, ¡solo faltaba esto, debe ser vascular!  ¿me podré levantar?

Y sí, como pude, poco a poco, olvidado el imposible descomer, me levanté y pude caminar. Esta vez hasta la cama, no hacía mucho calor en el cuarto, a esperar.

No se cuanto tiempo pasé, muy quieto, en la cama dormitando, hasta que sonó el teléfono, era mi hermana. Le conté, atenuado, lo que me pasaba, ella, tan eficiente, me dijo el remedio: como no tienes otra cosa, un poco de aceite y agua templada, y si no te hace efecto, me llamas.

Y, ¡que cosas!, fui a la cocina, dos cucharadas de aceite y el vaso de agua; mano de santol, al poco rato, volví al cuarto de baño y todo bien, como si no me hubiera pasado nada.

Evidentemente este sucedido, ahora me lo padece, tiene su gracia, pero debo decir, con tristeza, que, acaso porque soy viejo, hay muchas, demasiadas, cosas sin importancia que, dándome sustos, vienen,  toman mis manos y me acompañan.




miércoles, 20 de julio de 2022

1.001 EL RINCÓN PROHIBIDO

 


Día 1: Primer intento

En casa del abuelo hay dormitorios, pasillos, cuartos de baño, la cocina es muy grande, el comedor, un salón enorme y un cuarto con muchas muñecas, peluches, disfraces, coches, legos, espadas, puñales, pelotas y más cosas; y hay muchos armarios, mesas, sillas y sillones, hay cuadros, libros y, por todas partes, adornos, marcos, jarras, cajas grandes y pequeñas, todas llenas de tesoros, y todo, todo se puede tocar y con todo, se puede jugar.

Pero ¡es tan raro!, detrás del sillón donde se sienta el abuelo, a la izquierda, junto al ventanal, hay un rincón prohibido, un rincón en el que nadie, nadie, puede entrar; en el rincón hay, sobre una alfombra azul, una lámpara de pie, dos silloncitos y  un pequeño velador con un marco con una fotografía de la abuela, una caja de madera,  un encendedor de plata y un cenicero de cristal grande, nada más. Es el rincón prohibido en el que nadie, nadie, ni los niños, ni las madres, ni los padres, solo el abuelo, aunque nunca entra,  pueden entrar

Mariana, casi no ha podido dormir, se ha pasado la noche pensando y ahora, después de merendar, con Olivia su prima hermana, las dos tienen siete años, las dos tienen uso de razón, sentadas en la alfombra de la habitación de jugar, disfrazadas de princesas, se han puesto a hablar, lo hacen muy bajito, del rincón prohibido y de su secreto, las dos están seguras de que, en alguna parte quizá dentro de la caja, el abuelo guarda un tesoro oculto y   por eso el rincón está prohibido, para que no lo vea nadie.

Se les ocurren muchas cosas; la mejor, entrar en el rincón prohibido cuando no haya nadie en el salón, cuando todos los mayores estén en la cocina o en el comedor; aprovechar cuando las madres estén hablando de sus cosas y el abuelo esté dormido en el sillón; hacer como si nada, - vamos a gatas disimulando hasta la alfombra damos un salto y entramos en el rincón. -

Dicho y hecho, hoy es el día, de todos los nietos solo están ellas dos, no han venido los demás, sus madres están hablando distraídas, y el abuelo dormita en su sillón. En silencio, muy calladas, salen a gatas de la habitación, recorren el pasillo, entran en el salón, avanzando bajo las mesas, pasando entre los muebles, llegan hasta cerquita del rincón prohibido, se detienen, ¿qué hacen ahora?, no lo han pensado antes… ¿cogemos algo y nos vamos? ¿abrimos la caja y miramos? ¿nos sentamos en los silloncitos?

- ¡Niñas, Mariana, Olivia, ni se os ocurra entrar en el rincón prohibido! -.

¡Qué susto!, es la madre de Mariana, las ha visto…

El abuelo abre los ajos y, mirándolas, muy serio, dice: - ¿qué hacéis ahí agachadas las dos? ¿queréis que os cuente un cuento?

-Nada, nada abuelo, estamos buscando la diadema de Olivia que el otro día se perdió…, mejor nos vamos a jugar…

 

Día 2: Segundo intento

Hoy están todos los primos, toda la familia, en casa del abuelo. Han venido a comer y ahora, es por la tarde, los chicos están en el cuarto de jugar y las niñas, las cuatro primas, en el cuarto de baño, muy bajito, para que no se enteren las madres, hablan al mismo tiempo de muchas cosas y del rincón prohibido también…

Coti lo tiene claro, ella también quiere entrar en el rincón prohibido, se quiere sentar en un silloncito y ver qué pasa, seguro que algo pasa…a lo mejor el sillón tiene magia…

Curris, porque tiene diez, y ya  es mayor, avisa: - no se puede, el abuelo siempre está vigilando, un día que vine yo sola, el abuelo y mamá estaban tomando café en el comedor, yo tenía cinco años, y lo intenté, pero no pude entrar, nada más pisar la alfombra el abuelo me cogió por detrás, me subió  más alto que su cabeza, me dio la vuelta y mirándome muy serio, me dijo: - Curris, ¡ni se te ocurra entrar en el rincón prohibido, está prohibido! Y cuando era como vosotras, lo intenté otra vez, pero no pude ni pisar la alfombra, mi madre me dio un grito horrible y luego, ¡con siete años!, me mandó a pensar al cuarto de baño…

- Ya está, podemos hacer un teatro estupendo y mientras los mayores lo ven, yo voy, entro, y ya está -, dice Coti muy decidida.

- Es que yo quiero entrar -, dice Olivia

-Y yo también quiero entrar -, dice Mariana

-Mejor es que entre yo, puede ser peligroso, yo que soy mayor -, afirma muy sería Curris.

-Lo del teatro se me ha ocurrido a mí -, continúa Coti muy enfadada. Pero no puede seguir argumentando, unos golpes en la puerta y la voz de una madre, la de Olivia, que dice, parece que casi gritando: - ¿Qué estáis haciendo las cuatro en el cuarto de baño? ¡Vamos, salid!

Salen  una detrás de otra, hablando en un   guirigay las cuatro al mismo tiempo; la madre no se entera de nada y las envía a que sigan jugando.

Ahora, sentadas en el suelo, discuten acaloradamente, solo están de acuerdo en que todas quieren entrar en el rincón prohibido y en que el teatro lo van a hacer  delante y a la izquierda del abuelo, casi pisando la alfombra;  pero en el resto…  qué teatro van a hace, cómo se van a vestir, qué canciones cantarán, si hay que dar volteretas o si hay que saltar…¡qué difícil es eso que los mayores, lo dicen los padres,  llaman consensuar…

- Atentos todos, ¡abuelo!, vamos a hacer un teatro -, anuncia Olivia, que ha venido de embajadora, vestida de princesa, mientras sus primas siguen ensayando y discutiendo.

Los padres y el abuelo se callan enseguida, las madres  tardan un poco pero también se callan, hasta que la de Coti exclama:   -¡qué empiece ya, que el público se va! -.  Las otras madres, los padres y el abuelo, se unen a la petición, ¡qué empiece ya, que el público se va! ¡qué empiece ya, que el público se va!

-Vamos, vamos -, dice Curris.

En procesión, las cuatro seguidas, salen cantando, ¡cumpleaños feliz! ¡cumpleaños feliz abuelo querido, cumpleaños feliz!...

-Pero hoy no es el día de mi cumpleaños… ¡qué estarán tramando estas nietas!

Muy sorprendidas, las cuatro se callan, Curris da una voltereta, Mariana y Coti se miran sorprendidas y Olivia entona

Tengo una muñeca
vestida de azul,
con su camisita
y su canesú.

Sus primas, ahora más animadas, se unen a ella y siguen cantando juntas:


La lleve a paseo
y se me constipó,
la tengo en la cama
con mucho dolor.

Esta mañanita
me dijo el doctor
que le de jarabe
con el tenedor.

Saltan y saltan mientras  cantan, Mariana se agacha, se escabulle tras un sillón, se detiene un momento y, como si fuera una bebe, gatea hasta la alfombra del rincón prohibido, se detienen de nuevo, escucha a sus primas que siguen cantando

Dos y dos son cuatro,
cuatro y dos son seis,
seis y dos son ocho
y ocho, dieciséis.
y ocho veinticuatro,
y ocho treinta y dos

¡Ni se te ocurra Mariana!, ¡Ni se te ocurra Mariana - !Es el grito de su madre que se superpone al

Ya me sé la tabla de multiplicar,
ya he hecho los deberes,
vamos a jugar.

que siguen cantando sus primas, y a la voz de Mariana que ha retrocedido, -¡no he hecho nada mamá! -.

Sonrisas y plausos de los mayores, les ha gustado el teatro…Curris da otra voltereta y las cuatro primas, disimulando, me marchan de nuevo al cuarto de jugar.

Están furiosas, Mariana además quitar el sitio a Coti, que era la que tenía que intentar la entrada en el rincón prohibido, lo ha hecho mal y su madre le ha descubierto antes de tiempo; - es que como tu estabas cantando!, - ¡es que casi lo he conseguido! -, ella se justifica; y siguen, - ¡es que eres una tonta!, - ¡es que…!  - ¡es que…! -. Olivia, callada, mira a sus primas y piensa, ¿y si me subo en el abuelo, le hago un mimo y, cuando esté distraído, le pido permiso? Curris  mira a sus primas, ¡son pequeñas!, las olvida y piensa en cómo se le ocurre un nuevo plan. Bla bla bla… poco a poco dejan de discutir y, ya que están disfrazadas, hay muchas muñecas y ropa para vestirlas, se ponen a jugar.

 

 Día 3: el último intento

Han pasado  semanas  y, en el cuarto de jugar, Olivia que lo ha pensado mucho, explica a sus primas que tiene una  idea que es la mejor: se suben al abuelo, le hacen un mimo grande y, cuando se ponga tierno,  piden permiso para entrar en el rincón prohibido y ya está.

-Encima del abuelo solo cabemos dos, Olivia y yo -, afirma Coti.

-Yo también quepo, el abuelo es muy grande y cabemos las tres -, asegura, muy seria Mariana.

Curris, lo tiene claro, no caben las cuatro y el abuelo, es muy viejo, no puede estar mucho rato teniendo a todas las nietas encima, las madres se pueden enfadar. - Es mejor que se suba solo Olivia y las otras, como cuando nos cuanta un cuento, sentadas a sus pies -.

Dicho y hecho. Despacito, muy melosas, se acercan al abuelo, las madres y los padres están hablando y él distraído, - ¿me haces un mimo abuelo?, dice Olivia subiéndose al abuelo; - ¿nos cuentas un cuento? -, añade Mariana; - el de la princesa encantada -, propone Coti; el que tú quieras abuelo -, ofrece generosa Curris.

Durante un rato las cuatro nietas viajan por bosques y praderas, por castillos y mazmorras, sufren las maldades de la bruja y gozan, al final, con amores de príncipes y princesas.

Y, cuando el abuelo termina, hay un silencio y, muy bajito, Olivia muy apretada al abuelo, pregunta: - abuelo, ¿podemos entrar en el rincón prohibido?

-No nietecita, es el rincón prohibido -.

-Abuelo, ¿por qué está prohibido entrar en el rincón prohibido -, se le ocurre preguntar a Curris.

El abuelo se pone muy serio, las nietas lo miran angustiadas, expectantes, pasan unos segundos… y el abuelo contesta: - pues no me acuerdo -.

-Hijas -, pregunta a las madres, - ¿por qué está prohibido entrar en el rincón prohibido?

Ellas se miran, - no lo sabemos, siempre ha estado prohibido -.

Y el padre de Mariana, de pronto recuerda: - lo prohibió mamá cuando éramos pequeños…

-Ah, ya me acuerdo, y muy sonriente el abuelo lo explica: - los silloncitos estaban recién tapizados, y tu madre, Curris, con la ayuda de tu padre, Mariana, un día los pintaron con bolígrafo y, con un tenedor de la cocina los pincharon por todas partes, hubo que tapizarlos de nuevo y la abuela, que todavía estaba enfadadísima, prohibió a los niños que se acercaran a ellos y, para prevenir tentaciones, ni siquiera pisaran  la alfombra azul.

- ¿A ti abuelo te gustan mucho los silloncitos? -, pregunta Curris

- No, Curris, no me gustan nada, y a la abuela tampoco le gustaban nada, son muy incómodos y bastante feos…

- ¿Entonces podemos sentarnos en ellos, aunque estén en el rincón prohibido, abuelo?, pregunta Coti?

Y, el abuelo, luego de un silencio, contesta: - sí, podéis entrar en el rincón prohibido…-.

Ah, hijas, voy a quitar esos sillones del rincón prohibido, la verdad es que la abuela hace muchos años que estaba harta de verlos.






sábado, 2 de julio de 2022

1000. DE LA BODA DE CARMEN Y PAQUITO


Ayer, día 1 de julio, viernes, en la Iglesia de San Ignacio de Torrelodones, atestada de testigos, mis sobrinos, Carmen y Paquito, contrajeron matrimonio.

Y, debo decirlo, la boda de Carmen y Paquito ha sido un preciso estallido de amor y luz en los tiempos obscuros que estamos viviendo.

Carmen, morena, reluciente y hermosa, vestida de pasión, fuerte y segura, en el Altar, ante Dios, con el alma abierta, dijo que sí, que era verdad, que más que a nadie ni a nada en el mundo, amaba a Paquito con todo su corazón.

Y Paquito, fuerte, competitivo, y en nada altivo, supo que al fin había vencido y, entre orgulloso y humilde, olvidado de sí mismo, pensando solo en ella, henchido de amor, dijo, gritó, que sería el marido de Carmen y que él, sin ninguna duda, le entregaba a ella su alma y su corazón.

En ese precioso momento, para mí, que los quiero, todo lo importante de este día había terminado. Ya nada tenía importancia, los dos, Paquito y Carmen habían sellado su compromiso, para siempre, de amor y  solo quedaba “la celebración”.

Más tarde, en Prados Moros, la fiesta grande de la boda: primero, la luz del precioso atardecer de Guadarrama hizo justicia a la belleza engalanada de las mujeres, jóvenes hasta las más ancianas,  y los trajes, cuidados y elegantes de los hombres. Más tarde, en el correr de la noche, en una esquina del jardín, cante grande y bailes como en Sevilla, la familia de Paquito, desatada; la de Carmen, por una vez, siendo muchos parecíamos menos, admirada.

Después, durante la cena formal en el comedor inmenso de la finca, no tiene sentido hablar, porque todo fue bueno,  de la cuidada atención de los organizadores de la celebración, ni de las viandas o  las bebidas, tan bien elegidas, lo que parecía imposible, ¡hay milagros!, sucedió: una explosión de alegría llenó el espacio, música, canciones, pañuelos al aire, risas, lágrimas, las palabras de los hermanos, sobre todo de la hermana, de Paquito, la emoción de sus padres y de mi hermana María José, la madre de Carmen, lo que dijeron los novios y, sobrevolando la noche, el amor, regalo de Dios, que vivimos todos.

Hubo más, mucho más, todo bueno, incluido el gran baile, en la celebración de la boda de Carmen y Paquito pero, porque como salvo el amor que ellos viven nada es importante, lo dejamos en el olvido.

Para terminar, decir que estas mis palabras, pobre expresión del cariño que siento hacia Carmen y Paquito, son mi plegaria al Cielo para que la felicidad de hoy les dure, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, para siempre.





martes, 28 de junio de 2022

999. COSAS DE VIEJO: DEL REGALO INFINITO QUE ES EL AMOR

 

Hoy, 28 de junio, víspera de San Pedro y San Pablo, es el 48 aniversario del día en que Cristina, mi mujer desde entonces, se casó conmigo.

Luego, lo normal en la vida: tiempos buenos y malos, épocas de salud y de enfermedad, de algunos éxitos y no pocos trastazos, siempre juntos y, ¡es asombroso!, sin darme, sin darnos cuenta, de que, todo lo vivíamos dentro de un sueño, de una maravillosa burbuja de amor.

Pasados los años, el tiempo vuela, otro 28 de junio, otro día como hoy, las lágrimas llenan mis ojos, Cristina murió.

Sí, Cristina, hace cinco años, murió; pero ella sigue conmigo, y su vida, mi vida, se mantienen unidas llenas de amor.

Tengo que dar gracias a Dios, Él nos dio, me dio, el regalo infinito que es el amor.




domingo, 26 de junio de 2022

998. COSAS DE VIEJO: DE LAS GOTERAS Y DEL MIEDO

 

Con las goteras, como con todo, cuando te acostumbras a ellas, mientras con poner debajo un cubo para que no llenen de agua el suelo, mejor o peor, te acostumbras a convivir.

Sin embargo, de cuando en cuando, también en verano, caen chuzos de punta y, aunque hagas todos los esfuerzos, no hay manera de evitar la inundación, sientes que es inútil cualquier cosa que hagas, te escondes bajo las sábanas y quedas a expensas de lo que, sea lo que sea, haya de venir.

Pues eso, eso es lo que me ha pasado a lo largo de las casi cuatro semanas en que he vivido el desagradable crecer de alguna de mis goteras y la visita, del todo imprevista, del virus de la pandemia que aún anda por ahí.

No, no he tenido conciencia de haber llegado a “estar fatal”, solo a “estar francamente mal” y “muy preocupado” ante la posibilidad de haber llegado  a la situación de ser incapaz.

Bien es verdad que a lo largo de estas semanas, aunque fuera incapaz de abrir el teléfono, me he sentido muy acompañado, mis hijos, mis hermanos, mis amigos, han hecho que en ningún momento tuviera sensación de soledad o  sintiera miedo, incluso he hablado de mil cosas, casi siempre buenas, con mi mujer, mis padres y mi amigos muertos.

Sin embargo, ¡qué cosas!, cuando en los últimos días he comenzado a sentirme mejor, a través de la radio, he recuperado la visión del tiempo que estamos viviendo, poco a poco, me ha comenzado a invadir el miedo, un auténtico miedo: la guerra, ¡qué estará pasando!, el hambre que amenaza el mundo, la barbarie que se extiende bajo la sombra negra de miles de buitres esperando su momento.

No, me digo, ¡me estoy haciendo viejo!, a pesar de todo es irracional mi miedo; aunque lo peor que pueda ocurrir ocurra, siempre, para quienes nos sucedan será lo mejor; sin esta guerra, sin estas desgracias, serían otras personas y no ellas  las que ocuparían el mundo.

Y, pienso, ¡qué cosas!, en Cornelio Jansenio y el jansenismo  que nos enseñaron, hace mil años,  en el colegio.