¡Niño, no te pongas al sol!, es la
frase que, junto a ¡niño, ponte el sombrero!, quizá por el calor de julio, he escuchado,
una vez más, de labios de mi padre, esta mañana.
Y, luego, un poco más tarde,
pensando también en mi madre, he recordado dos de sus frases favoritas:
¡niño, ponte el gorro, que hace mucho frío!, ¡niña, ponte el verdugo, que te
vas a helar!
Dicen los sabios de hoy, son jóvenes o no tienen
memoria, que ahora hace mucho calor, que el “cambio climático”, sobre todo a
los viejos, nos va a matar; y las personas sensibles, en invierno, exigen a las
autoridades, que las escuchan, habitaciones calientes para que “los sin techo”,
algunos lo hacen, en la calle no mueran de frío.
Pues bien, allá en los años 40 y 50 del siglo pasado,
en invierno hacía frío, hasta teníamos sabañones, hinchazones o ulceraciones de
la piel, principalmente de las manos, los pies y las
orejas, que son causadas por frio excesivo y producen ardor y picazón; y en el
verano calor, tanto que era frecuente, y a mi padre, médico de pueblo, le
preocupaba mucho, la muy peligrosa insolación,
una enfermedad producida por la exposición excesiva a los rayos solares.
Sin embargo, para confirmar su teoría,
los mismos sabios me dirán que ahora los sabañones no existen, y, tengo que
reconocerlo, es verdad, ha sido suficiente que la ropa sea bastante mejor que
cuando yo era niño; pero, ¡siempre hay un maldito pero!, antes la gente no se
moría de frío, pero ahora lo hace si se descuida y duerme en la calle.
Y, el calor, el maldito calor, ese que
ahora es tan peligroso que hasta las radios lo anuncian, ¡tengan mucho cuidado,
no les vaya a dar un golpe de calor!, pues bueno, a fin de cuentas, tienen razón,
porque si alguien se expone más de la cuenta al sol, se llame como se llame,
agarra eso que, en verano mi padre tanto temía, una insolación.
Ah, lo olvidaba, he buscado entre mis libros y he dedicado gran parte de la tarde de hoy a releer la magnífica novela Insolación, de doña Emilia Pardo Bazán; que, aunque publicada en 1.889, una época, en la que en invierno hacía mucho frío y en verano mucho calor, refleja muy bien eso que, ¡gracias a Dios!, existe desde siempre y llamamos deseo y pasión.
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