En el día de San Pablo, el fundador de la Iglesia, y de San Pedro, la
roca en la que se asentó, y porque ya entre ellos hubo diferencias, pienso que
es bueno, para los que nos sentimos sus miembros y para la propia institución, abrir
la mente y reflexionar sobre algunos aspectos humanos de esa sociedad que, de
niños nos enseñaron, erróneamente, era “perfecta”.
Y, al hacerlo, tropiezo inmediatamente, con dos asertos, acaso excusas
no pedidas: el primero, nuestros maestros, en mi caso jesuitas, nos lo implantaron
en el cerebro, es que la Iglesia no es solo el Papa, ni tampoco solo la jerarquía
o los clérigos; la Iglesia somos todos los bautizados, y ese todos, vivos y
muertos, constituye el “cuerpo místico”, al que dio Vida el Espíritu Santo. El
segundo es que, la Iglesia es Santa y Perfecta, pero, siempre hay un pero, está
integrada por hombres y los hombres, incluidos papas, obispos y clérigos, además
de imperfectos, somos, muchas veces, pecadores en nada santos.
Evidentemente, una vez aceptadas ambas premisas, vemos también que, en
el devenir de la organización, la Iglesia además de otras cosas, es una
organización humana, jerarquizada y del todo autocrática, en la que quien tiene
el poder manda, exige y espera, justificadamente, que todos aceptemos lo que, en
cualquier caso, le viene en gana.
No, lo que escribo no es una
crítica a la Iglesia, ni es una crítica a los obispos ni al papa, es tan solo
constatar que la iglesia es, salvo el fondo de su espíritu, del todo humana.
Y, para colmo, si lo pensamos bien, recordando las afirmaciones y, también,
las dudas, de no pocos teólogos heterodoxos (según la época en que vivieron,
unos hoy santos y otros excomulgados), desde siempre hay heterodoxos en las
organizaciones humanas, para complicar aún más la lógica en el razonamiento, aparece las
temáticas del conocimiento, del bien y el mal, de la conciencia implantada por
Dios en el corazón de los hombres y, dejando de lado ya las ideas de limbo,
purgatorio e infierno, el “misterio” del gran mal que es el pecado.
Con algunas pocas preguntas, si
son buenas tendremos la mitad de las respuestas, trataré de aclarar mi confusión:
¿es “objetivamente” verdad que se puede distinguir lo que “es bueno” de lo que “es malo”?, pies mira, los papas y la jerarquía impulsaran
en otro tiempo la guerra santa, condenaran el onanismo, vendieran indulgencias e
inventaran la inquisición; obispos vascos fueran partidarios y cómplices de
muertes por tiros en la nuca; y ahora,
el actual papa o “el Vaticano”, olvidando
aquello de “la guerra justa”, condena todas las guerras, mira
amorosamente la homosexualidad, nombra un Arzobispo que, frente a la mitad de
los católicos catalanes, apoya a quienes los oprimen; o hace callar a los obispos católicos
norteamericanos que defienden la vieja práctica de excomulgar a quienes,
públicamente defienden el aborto frente al derecho a vivir del no nacido.
Y, pobre de mí, porque de niño y de joven me enseñaron mis maestros jesuitas que solo la verdad es verdad, que el relativismo es un “gran pecado,
para mi desconsuelo, me golpea otra
pregunta: ¿está mi pecado, o más bien el de la jerarquía, o el de los clérigos,
en desconocer la verdad o, en el que conociéndola,
usen a conveniencia el poder humano de la Iglesia para “el provecho” de quien en
cada momento lo ostenta. Y, lo ignoro, no tengo respuesta y, esto es lo peor, creo
que ni el Papa, ni los clérigos, ni nadie la tiene, salvo quizá, los santos que
están en el cielo (y si ya no existe el infierno, a este descreído le asaltan
las dudas sobre la realidad del cielo).
Y, después de tantas idas y venidas, inútiles seguro, ¿qué?: pues que
sí, que a pesar de todo a mí me gusta, me encanta, ser miembro de la Iglesia, y
me alegra en el alma que después de los siglos, a pesar de todo y acaso sin
merecerlo, siga existiendo la Iglesia,
es una organización, en nada importa si divina o humana, que hace, al mundo y,
sobre todo a millones de personas concretas, mucho más bien que mal; custodia bien la belleza del pasado, tiene una
liturgia preciosa y, hasta es posible que en conjunto sea el maravilloso
monumento a Dios que, sin hacer caso a Pedro, soñó ese
pragmático ciudadano de Roma, ese el griego culto, ese ese devoto judío, ese gran Santo, que fue San Pablo, el fundador
de inmenso que es la Iglesia.
Nota
La fotografía de la Plaza de San Pedro, siempre me ha sorprendido que no se llame de San Pablo, está tomada de Internet