jueves, 31 de marzo de 2022

987. DIVAGANDO SOBRE EL BIEN, EL MAL Y LA CONVIVENCIA EN SOCIEDAD

 

En estos tiempos obscuros,  cuando “el mal” recorre el mundo y se hace difícil pensar que en la tierra pueda reinar “el bien”, a veces, muchas, mi  pensamiento divaga en las aguas turbias de lo vivido para llegar, casi siempre a las mismas ideas.

Así, durante muchos años, porque así me lo enseñaron y “lo sabía”  porque estaba escrito en mi conciencia, he pensado que el bien es bien y el mal es mal, que lo bueno es bueno y lo malo es malo. 

Además, consecuentemente con lo anterior, siempre he creído que el bien y el mal, son realidades objetivas, ajenas a la voluntad o a los deseos de las personas y que estas distinguen, sin ningún esfuerzo, el bien del mal, lo bueno de lo malo; lo dice la conciencia, en la que está  grabado por Dios o por la Naturaleza. Y, a mayor abundamiento, lo bueno y lo malo, forma un corpus jurídico  que  se estudia, o se estudiaba, en la universidad como Derecho Natural.

Y, también, dejando a un lado la eterna controversia sobre el “misterio del mal”, siempre he tenido muy claro que, para asegurar la convivencia, porque hay personas que “prefieren”, que  “eligen”,  el mal, las sociedades humanas, para evitarlo  se han dotado de  medios muy poderosos: las normas  religiosas (los mandamientos de la Ley de Dios) y civiles (leyes), que castigan (desde el purgatorio hasta el infierno unas, y desde la cárcel  hasta la muerte otras), y el miedo de los posibles infractores para que se abstengan de elegir lo malo.

Sin embargo, porque la vida te va enseñando, poco a poco fui descubriendo una verdad obvia: la conciencia es subjetiva y, al final, en la realidad, las personas elegimos “lo que para nosotros es bueno”, independientemente de que ello sea para otras personas realmente malo, o de lo que digan el Catecismo o el Código Penal.

No, no estamos inmersos en una “lucha eterna entre el bien y el mal”, estamos en un proceso de evolución en el que todos, todos, tratamos de supervivir y, sin dudar, elegimos lo que contribuye a nuestra supervivencia, lo que, para nosotros o para los nuestros, es el bien.

No, ni Sánchez, ni Putin, ni el Papa, ni tu ni yo, elegimos el mal, elegimos lo que para cada uno de nosotros es el bien, y lo único que, acaso, diferencia nuestra elección del bien es “el ámbito de la elección”: el bien de la propia persona, el bien de un grupo o el, imposible, bien de todos.



viernes, 18 de marzo de 2022

986. DE CISNES NEGROS Y DE UN HITO EN LA HISTORIA

 

Aunque por muchas personas es bien conocida la idea, la metáfora, formulada en 2007 por Nassim Taleb en  su libro,  El cisne negro, entiendo que, para ayudar en el conocimiento de lo que realmente significa la invasión rusa de  Ucrania y la guerra que estamos viviendo, es bueno aclarar algunos conceptos.   

Se entiende por cisne negro el acontecimiento aparecido por sorpresa que produce un gran impacto socioeconómico y que, una vez pasado es analizado retrospectivamente de modo que parezca lógico, explicable y normal que se hubiera producido. Ejemplos típicos de “cisnes negros” serían la caída el muro de Berlín, el comienzo de Primera Guerra Mundial o la Pandemia de 2020,  acontecimientos no esperados, del todo imprevistos, que han sorprendido al mundo y que, una vez se han producido, resulta que, aplicando el sentido común, además de lógico, había sido “normal que ocurrieran”.

Evidentemente, un acontecimiento, ya sea la Pandemia, los atentados del 11 de septiembre de 2001, u otros que puedan causar un gran impacto socioeconómico, para algunas personas y organizaciones puede haber sido “previsto” y “muy esperado”; además,  porque es un “cisne blanco”, pueden prepararse, o se han preparado,  para afrontarlo y lo han  convertirlo en una gran oportunidad. Y, el mismo acontecimiento, para otras organizaciones, para otras personas, la mayoría, porque no había sido previsto, era inesperado y ha aparecido por sorpresa, ha sido un “cisne negro”, para el que no estaban preparadas, aunque sea lógico y explicable a posteriori.

Evidentemente, para aclarar aún más la idea, recordemos que, como es bien conocido, a menor escala, las empresas son especialmente vulnerables a sus propios cines negros, ya que la aparición de nuevos productos, nuevas tecnologías u acontecimientos imprevistos pueden causarles enorme impacto e incluso hacerlas desaparecer.

Y, ¿es la guerra de Ucrania un cisne negro?

No, invasión rusa de Ucrania y la guerra que se está librando en estos momentos en esa nación europea, digan lo que digan los medios de comunicación de las partes en litigio, no es un cisne negro, es un hito, el primero realmente visible, en el cambio de era que estamos viviendo en estos tiempos.

Es, acaso, parte del último intento de los anglos, Estados Unidos y el Reino Unido,  para seguir siendo el poder hegemónico, al menos en occidente, eliminando la competencia europea; y de Rusia, en su anhelo de recuperar el  imperio perdido o, al menos, proteger sus fronteras. Y es el hito que estudiarán los niños del mañana como comienzo de la hegemonía china en el planeta tierra.

¿O, no?



lunes, 7 de marzo de 2022

985. DE LA GUERRA Y ESAS COSAS


Quizá porque nací en 1944,  en España,  cuando se libraba en  Europa la II Guerra Mundial,  y viví, entonces sin darme cuenta,  el  horror de la guerra  y  los terribles tiempos de la postguerra,  ninguna idea  me produce mayor espanto que  la de volver a vivir la angustia de la guerra.

Además, siendo muy joven, casi un niño, acaso porque era importante para mi padre, porque había participado en ella, hacerme entender lo que  significaba la guerra, me hizo leer Los cuatro jinetes del Apocalipsis, la novela de Vicente Blasco Ibáñez, en una edición cuya portada recogía, como anuncio de su contenido, el cuadro del pintor romántico ruso Víktor Mijáilovich Vasnetsov.

Y, curiosamente, también desde entonces, en mi pensamiento, la palabra guerra es la imagen de los terribles jinetes, la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte, en la obra que representa el mayor de los males, la guerra,  en la que todos horrores  posibles están reunidos.

Así, quizá porque los españoles, los europeos, aprendimos lo que es la guerra, aunque a lo largo de nuestras vidas en el mundo no ha dejado de haber muchas, en Europa, salvo en el desastre yugoslavo, ¡un loco nacionalista!, la guardamos en el fondo de nuestras almas y, por sus horrores,  la olvidamos.

Incluso, en estos últimos tiempos, cuando el virus de la pandemia, como una peste nueva, ha puesto en peligro y se ha llevado la vida de millones de personas, los españoles, los europeos, en paz y  sin pasar hambre, nos hemos sentido muy afortunados porque nuestra generación ha sido la primera en la historia que no ha hecho la guerra.

Pero no, para nuestro horror, en Europa, los españoles también estamos de nuevo en guerra. El Zar ha enviado a los soldados, jóvenes sin culpa, de Rusia, cual jinetes del Apocalipsis, a hacer la guerra a su nación hermana, a Ucrania y, ¿alguien lo duda?, a conquistar y someter, con las armas, el hambre, también la peste, y la muerte, a Europa.

Un solo hombre, uno solo, el Zar de Rusia,  ¡pienso en el jesuita Juan de Mariana!, ha desencadenado la guerra, morirán, moriremos muchos europeos, que, sin desearlo ya estamos, en guerra. Y, lo peor, cuando termine, luego de tanto sufrimiento, como en el pasado, de verdad, de verdad, ¿está en nuestra naturaleza?, habremos aprendido entre muy poco y nada.