lunes, 29 de agosto de 2022

1006. COSAS DE VIEJO: PAN Y CIRCO, COMO CUANDO ÉRAMOS ROMA

  

En estos tiempos en que sufrimos la guerra, impulsada por los anglos y hecha por los rusos en Ucrania, aunque el futuro es imprevisible, no dejo de pensar en las consecuencias, seguro las peores, que,  sea cual sea su resultado, vamos a vivir los europeos.

El viejo sueño de la Europa unida, desde Roma, ha existido siempre, y cuando, ¡tonto de mí!, lo veía hecho, para mí asombro,  por enésima vez en más de mil años, me doy cuenta que,  para bien y para mal,  seguimos siendo romanos y, a manos de  los bárbaros, está siendo destrozado.

Durante unos lustros, ¡qué pronto pasa el tiempo!, los europeos hemos vivido en paz y, cada día, hemos sido más y más  ricos y hemos gozado, sin preocuparnos, de los muchos bienes que hemos conseguido, y, como cuando éramos Roma, hemos tenido panem et circenses, pan y circo, hasta el infinito, sin pensar jamás que los bárbaros, disimulando, estaban al acecho para quitárnoslo.

Y ahora, ahora mismo, veo cómo nuestros gobernantes, impotentes por desalmados y cobardes, en lugar de trabajar para salvar la nueva Roma, se resignan a entregarla a los bárbaros mientras anuncian, resignados, que, a pesar de todo, aunque mucho menos, nos va a quedar algo de pan y un poco de circo gracias a ellos.



jueves, 25 de agosto de 2022

1005. COSAS DE VIEJO: INTENTANDO COMPRENDER

 

En esta época en que los cristianos viejos hemos perdido mucha de nuestra intolerancia y admitimos como normales conductas que en otro tiempo eran pecados graves,  intento comprender, aunque todavía no lo he conseguido, la fuerza de esa nueva religión, mezcla de comunismo, feminismo, animalismo, algo de cursilismo y no poco fanatismo, que ha logrado hacer de mujeres normales (y algunos hombres)  fundamentalistas casi salvajes que viven dispuestas a  hacer la vida imposible a los, a las cristianas y a las ateas que no obedecen las normas de su religión.

Sin embargo, porque en mi intento de entender lo que no entiendo, he hecho un descubrimiento que me ha alegrado mucho, y, porque me consuela,  lo cuento.

No sé dónde, en la calle o en el metro, he oído a dos treintañeras, contarse la una a la otra que para las progresistas todo tiene remedio: - muy pronto, ya los ha comprado el Ministerio, desde el Gobierno, para asegurar que cumplimos,  nos van a enviar a cada una “el loro” -. Es el loro, la lora mejor dicho, que ya están probando algunas de las obispas que nos mandan desde el gobierno. Es una lora muy lista que, tres veces por semana, cuando su ama, está cenada, imitando su voz, grita, - ¡a qué esperas!, ¡si quieres te lo escribo! ¡que sí, que sí, que ya te lo he dicho, que sí es sí!, ¡que estoy cansada y no quiero quedarme dormida, antes de eso, en la cama! 

Y, las treintañeras, debo decirlo, parecían bastante enfadadas, ellas quieren, además del loro, ese bien, tan escaso, que es tener, no ya un novio, un marido en casa.



sábado, 20 de agosto de 2022

1004. COSAS DE VIEJO: MANE, TECEL, FARES.

 

En La Toja, a orilla de la ría, contemplando con placer el puente, una vez más, como tantas en los últimos tiempos, el desasosiego, como un golpe, ha venido a visitarme. En el azul del cielo, muy grandes, escritas con nubes blancas, he leído tres palabras que durante muchos años he guardado en el fondo de mis olvidos: Mane, Tecel, Fares.

Con horror, ha vuelto a mis ojos la imagen del profeta Daniel, en la sala de banquetes, en la gran orgía, horas antes de que el rey de Persia, Darío el Grande, las hiciera realidad, interpretando para Baltasar, el último rey de Babilonia, el significado de las tres palabras que una mano misteriosa, ¿la del Dios de los judíos?, había escrito en la pared:  Mane, Dios ha contado tus días y marcado tu final; Tecel, has sido puesto en la balanza y tu peso es insuficiente; Fares, tu reino será dividido.

Cinco centurias y media antes de Jesucristo, dos mil quinientos y pico años antes de nuestro tiempo, las élites de Babilonia, encabezadas por el narciso Baltasar, disfrutaban de lo bueno de la vida sin pensar en el peligro en que vivían. Y, me pregunto, qué pensaban, qué sentían, las gentes que, además de los judíos, moraban en la ciudad de los jardines, ante la llegada inminente de los ejércitos persas de Darío, acaso, como su rey, nada.

Y, en la entrada del puente, mi memoria de viejo, me lleva lejos, a pensar estremecido en lo terrible y hermoso de nuestra contingencia, a contemplar en el cielo el final, siempre el final, de los poderosos asirios, de los eficientes persas, de los racionales griegos, de Roma y de Bizancio, de los grandes sultanes otomanos, del Imperio español y, ahora el de los anglos…

Y veo, escritas en el cielo, sobre las calles de La Toja, de las ciudades y de las playas de España, de las hermosas plazas de la rica Europa, las tres palabras, Mane, Tecel, Fares, mientras yo, nosotros, sin atenderlas, seguimos disfrutando la misma o más grande orgía de Baltasar en Babilonia…

Las risas alegres, quizá felices, de unas muchachas que, acercándose a la entrada del puente, donde la acera se estrecha, pasan muy cerca, casi me rozan, me despiertan; el azul el cielo ha borrado las nubes blancas que formaban las tres palabras y, olvidado el desasosiego, disfruto de nuevo la gran fortuna que es para mí, estar aquí, mirando lo hermoso de la vida desde el precioso puente, aquí, en La Toja. 

 




jueves, 4 de agosto de 2022

1.003 COSAS DE VIEJO: DEL NIQUI A LA CORBATA

 

Ya en el colegio, desde los nueve años, usaba, como todos mis compañeros, una corbata alrededor del cuello, y recuerdo todavía a mi madre haciéndome el nudo para que estuviera perfecto. Más tarde, en la Escuela, en la Universidad y en todos los trabajos que he tenido, son muchos y variados, también seguí usando la corbata.

Y no es mérito ni demérito, nunca se me hubiera ocurrido dejar de ponerme la corbata, un señor, para salir a la calle, se ponía la corbata.

Pero, bien es verdad, que, en el verano, en vacaciones, guardaba las corbatas en el armario y sustituía las camisas por niquis, esos que ahora se llaman polos; pero incluso en verano, si había algo especial, los niquis de guardaban y, con la camisa salía la corbata.

Pero claro, los tiempos cambian y desde hace algunos años, desde que dejé de trabajar, uso niquis, tengo muchos, y los trajes, las camisas y las corbatas se guardan en armarios cuyas puertas se abren solo en las contadas ocasiones, cada vez menos, en que acudo a actos en los que es obligado el traje y la corbata.

Sin embargo, en estos días, el narciso doctor que preside el gobierno de España, por aquello de la ecología, Putin, la guerra de Ucrania, y acaso porque alguien le ha dicho que es de señores usar  corbata, ha decidido eliminar, para todos, la prenda en España  y, eso sí,  seguir, con sus ministros, haciendo lo mismo que siempre, pero sin corbata.

Pues mira, lo tengo muy claro, desde ya, siempre que salga de casa, incluso con niqui, pienso usar, la corbata.

 

Nota

Hasta es posible que el narciso doctor, muy pronto intente, con un Real Decreto, que todos los hombres, para salir de casa, en España,  lo hagamos  sin afeitar, despeinados, con pantalones cortos, con botas o chanclas, siempre  puercos, y, por supuesto, como buenos progresistas, sin corbata.






miércoles, 3 de agosto de 2022

1.002 COSAS DE VIEJO: DE LOS SUSTOS Y ESAS COSAS


Los males, cuando eres viejo, son tan frecuentes que debería estar acostumbrado, sin embargo, convertidos en sustos, muchas veces no dejan de sorprenderme.

Y hoy, sin referirme, a las mil ocurrencias, casi todas malas, de los narcisos que nos gobiernan, contaré el sucedido que me ha ocupado en estos días tórridos del verano de este año.

Por la mañana, antes de que el calor lo llenase todo, muy decidido, después de ducharme, bien vestido, en la cabeza el panamá y el bastón en la mano, abriendo, para salir, la puerta de casa, el cuerpo me advirtió que antes de hacerlo era obligada una visita urgente al cuarto de baño.

Y nada, nada de nada. Sólo un malestar creciente, sudores fríos y un susto. Un rato de espera y nada, nada de nada.

Algo aturdido, salí del cuarto de baño y, en lugar de pensar en salir de casa, me encaminé derecho al refugio que es mi sillón de viejo.

No llegué a sentarme, casi corriendo, por si caso, hube de volver a bajarme los pantalones. Y nada, nada de nada, bueno sí, ese nada era que me acompañaba otra gotera, nueva y muy mala.

Y, ¡menos mal!, esta vez pude llegar hasta el sillón; ¡qué descanso!, a pensar: a mi mujer le pasaba, por las noches tomaba unos polvos que dejaban el vaso manchado, me parece, de amarillo; y a mi suegro también le pasaba; ¿o no será algo mucho peor, no será una obstrucción como la que llevó, para estar una larga temporada, a mi padre, en el hospital?

No fue larga la reflexión, otra urgencia, por tremenda, ¡ahora sí!, me hizo correr. Pero no, todo lo malo tiende a empeorar, y a la imposibilidad de descomer se había añadido la de desbeber.

Y sentado mirando con pena mis pantalones apoyados en el suelo, no pude, casi llorando, dejar de pensar: ¡me van a matar mis hijas! ¡ponerme malo cuando ellas no están! ¿y si tengo que ir al hospital? No pasa nada, me dije, si esto sigue llamaré a mi hermana que, seguro, lo va a solucionar; pero no hace falta, lo sé, lo que hay que hacer, es caminar.

Un paseo por la casa, otro aviso, ¡tengo la tripa dura! ¡qué barbaridad! ¿será la obstrucción intestinal?

Esta vez me senté con tranquilidad, ahora con el lapicero en la mano, haciendo el sudoku, a esperar. Como no era fácil, cuando solo faltaban pocos números y estaba a punto de terminar, otro susto: tenía los pies y las piernas dormidas, ¡solo faltaba esto, debe ser vascular!  ¿me podré levantar?

Y sí, como pude, poco a poco, olvidado el imposible descomer, me levanté y pude caminar. Esta vez hasta la cama, no hacía mucho calor en el cuarto, a esperar.

No se cuanto tiempo pasé, muy quieto, en la cama dormitando, hasta que sonó el teléfono, era mi hermana. Le conté, atenuado, lo que me pasaba, ella, tan eficiente, me dijo el remedio: como no tienes otra cosa, un poco de aceite y agua templada, y si no te hace efecto, me llamas.

Y, ¡que cosas!, fui a la cocina, dos cucharadas de aceite y el vaso de agua; mano de santol, al poco rato, volví al cuarto de baño y todo bien, como si no me hubiera pasado nada.

Evidentemente este sucedido, ahora me lo padece, tiene su gracia, pero debo decir, con tristeza, que, acaso porque soy viejo, hay muchas, demasiadas, cosas sin importancia que, dándome sustos, vienen,  toman mis manos y me acompañan.