CAPÍTULO 1: EN RECUERDO DE MARÍA
D. Lorenzo Paúl de Casares, ensimismado en sus pensamientos, atravesó la Plaza de la Libertad para acceder, con calma, al Museo de Arte Contemporáneo Antonio Manuel Campoy.
Apenas cruzar la entrada se aproximó a él Paco, el conserje de turno, para después de darle los buenos días, decirle que habían subido a su despacho un gran paquete que venía a su atención personal.
D. Lorenzo, con un gesto amable, le dio las gracias y siguió su camino hasta el despacho que ocupaba desde hacía ya siete años, cuando llegó, cargado de ilusiones, como Director, al Museo de Almería.
Sentado ya en su mesa, al alzar la vista reparó en el gran paquete, por su aspecto un cuadro que, con un sobre adherido a una de las esquinas, descansaba sobre una silla en una esquina del despacho. Lo miró sin curiosidad alguna y haciendo un esfuerzo para limpiar su mente, comenzó a preparar el trabajo de la jornada.
Había mucho que hacer, por la tarde se inauguraba, con la presencia del Presidente de la Junta, la Ministra de Cultura, la Consejera, el Alcalde y varios cientos de invitados, la Exposición que con el apoyo de la Fundación Miró, había reunido casi un centenar de cuadros, muchos de ellos de colecciones privadas, del genial pintor catalán.
Reuniones, todas seguidas, interrumpidas por llamadas de personas con las que era imposible negarse a explicar las más absurdas nimiedades.
Finalmente, cerca de las dos de la tarde, tras un último paseo por las salas mirando cada detalle, casi sin poder mirar la belleza acumulada, en el que comprobó el gran trabajo de su equipo y de dar las últimas instrucciones para el acto de la tarde, D. Lorenzo regresó al
despacho.
Ahora sí, al posar su vista en el gran paquete, se acercó y luego de mirarlo, recogió el grueso sobre de buen papel que, sin más texto que su nombre en el centro, estaba prendido con una pequeña grapa en la esquina superior izquierda del paquete.
Abrió el sobre y desplegado un gran pliego de papel guarro, leyó las dos líneas que atravesaban el centro de la página: “Para el Museo o para usted, D. Lorenzo, a su criterio, en recuerdo de María” y luego, en el lugar de la firma, con los trazos simples e inconfundibles de Miró, apenas un levísimo boceto, el rostro de una joven mujer.
La limpieza de la escritura, las letras sueltas, soñadoras, las emes y las haches, la paleta que culmina la Pe mayúscula, las comillas y, sobre todo la M que en la palabra museo sigue el trazo de la firma de Miró, impactaron a D. Lorenzo que, en estos momentos ya solo tenía ojos para el retrato, no más de dos centímetros, de inmensa belleza, que bien podría haber pintado Miró.
Tras el impacto de la carta, rápidamente, con mucho cuidado ahora y con la ayuda urgente de un abrecartas de plata, quitó el papel exterior primero luego la protección de plástico y finalmente el papel de seda que cubría el lienzo, sujeto en un sencillo bastidor.
Un Miró, es un Miró. El cuadro, 80 x 60, es reino de la memoria y del subconsciente, es una mezcla imposible de fantasía e imaginación, Los brillantes colores del lienzo sumen a D. Lorenzo en una visión onírica mientras las imágenes distorsionadas de animales jugando, formas orgánicas retorcidas o extrañas figuras, sobre fondos neutros y planos pintados con gamas de azules y rojos, llenan el alma de D. Lorenzo.
No, no es Il Carnavale de Artecchino, no es Le Chassar, ni Terre Labouree, ni es Le Pont, ni es tampoco Mujer soñando en su Evasión. Es un cuadro desconocido, es una obra perdida, es un regalo del cielo que el destino le ha deparado.
Y, algo muy extraño, en el lugar de la firma el retrato, ahora de casi cuatro centímetros, el mismo retrato de mujer, con más y más sutiles detalles, de la carta que acompañaba el cuadro y una fecha: 2005.
Por una vez en si vida D. Lorenzo está desconcertado, sin saber qué hacer y, lo que es peor, sin poder pensar. “Para el Museo o para usted, D. Lorenzo, a su criterio, en recuerdo de María”. Es un regalo sin precio, es una tentación imposible, es lo mejor que nunca me ha ocurrido. Es un Miró o no es un Miró, y es mío. ¿Es mío?
D. Lorenzo toma el teléfono y pide a la conserjería con urgencia que suban inmediatamente un caballete y una tela blanca para cubrir un lienzo de 80 x 60.
Colocado el cuadro sobre el caballete, oculto ya la vista de cualquiera por la tela blanca, D. Lorenzo, haciendo un enorme esfuerzo buscó en un cajón la llave y saliendo de su despacho, cerró la puerta por vez primera desde que ocupó el cargo.
Cerca ya de las tres de la tarde, Cristina al ver el rostro de su marido al entrar en casa se sobresalta: “¿Qué te pasa Lorenzo?, ¿Estás malo?, ¿Qué pasa?”. “Nada”. “No me pasa nada”.
“Algo te pasa”, ¿Ha ocurrido algo con la Exposición?, ¿No va a venir la Ministra?’ ¿Qué pasa? “Nada, la exposición está preparada”, “Esta tarde es nuestra tarde Cristina, el sueño de muchos años nos llegará esta tarde?
Cristina no insiste más, queda preocupada, algo le pasa a Lorenzo, dentro de un rato, esta noche, me contará todo.
La comida transcurre con tranquilidad. Cristina comenta una anécdota entre graciosa y dramática, que le ha ocurrido por la mañana el hospital: Una familia gitana, le ha reclamado, antes de firmar la autorización para la operación de uno de los hijos, que no le “metieran sangre de mujer”, el chico, al parecer apunta maneras y el clan está dispuesto a todo para evitar lo peor. Cristina se da cuenta de repente que su marido está lejos de la mesa, que no escucha y se asusta porque lo que le preocupa desde que ha llegado puede cerealmente malo. ¿Qué te pasa Lorenzo? “Nada”, “No me pasa nada.”
Y, súbitamente. lo dijo todo. No se qué hacer, me ha llegado un cuadro maravilloso, para el Museo o para mi, puedo elegir, Es un cuadro de Miró, bueno, no es un cuadro de Miró, él siempre ha firmado sus obras y nunca en su vida usó un retrato de mujer para firmar un lienzo y en 2005 hace mucho tiempo que murió.
D. Lorenzo, como siempre, abre a su mujer todos sus pensamientos y ella escucha atenta y tranquila. Cristina, no solo por su profesión de médico sino por sus muchas cualidades innatas sabe muy bien que para entender a las personas hay que empatizar y escuchar. Más de veinte minutos desgranado los hechos, luego las emociones y más tarde, el deseo irrefrenable de poseer el cuadro.
Cristina, tranquila ya cuando ha visto lo que le preocupa a su marido, opta por lo que considera más sensato. “Has dejado el cuadro cerrado en tu despacho, nadie va a saber nada del tema hasta que tu quieras decirlo, esta tarde es la Exposición, mañana ya veremos”
D. Lorenzo, tranquilizado por las palabras de su mujer deja ahora de pensar en el Miró o en el falso Miró, y terminan de comer hablando de la Exposición.
A las cinco de la tarde Cristina, camino del hospital, quiere ver a un enfermo que operó ayer, deja a D. Lorenzo en el Museo prometiéndole que estará con él, vestida de pretender, a la hora de inaugurar la exposición de Miró.
(continuará)