Sí, enredado en el desagradable laberinto que es el
progresivo deterioro de la propia salud, recuerdo con frecuencia a mi padre
afirmando con cierta nostalgia que tenía su alma de cuarenta años encerrada en
un cuerpo que superaba los ochenta.
Sin embargo, en mi caso, lo que mi padre decía es todo
menos verdad: tengo el cuerpo plagado de males, ¡goteras de la edad!, y el
alma, hecha jirones, convertida en un espantajo de lo que fue.
Porque lo aprendí de niño, sé que la vida es un don que
Dios, el destino o el azar de la evolución, me han prestado y debo cuidar mucho
más que si fuera “oro en paño” y, que mientras la tenga, he de aportar cuanto
pueda para hacer, aunque sea muy poco, casi nada, a un futuro, para todos,
mejor.
Cuando eres joven, mientras sin darte cuenta, lo quieras o
no, contribuyes, con aciertos y desaciertos, ¡nunca lo sabes!, con el cuerpo y
el alma, al propio devenir y al de los demás.
Cuando llegas a viejo, en algún momento, descubres que los
cambios, a veces tremendos, en la trayectoria de tu vida y, ¡es increíble!, en
la vida de los demás, fueron resultado de decisiones sobre cuestiones sin
apenas importancia y muchas adoptadas sin pensar.
Pero, volviendo al deterioro del cuerpo y del alma: cuando
llegas a viejo, estás lleno de goteras, eres prescindible y te cuesta mucho
pensar, descubres, ¡con horror!, que hagas lo que hagas, incluso sin hacer
nada, ¡el terrible pecado de omisión!, solo con estar, estás incidiendo,
inconsciente más que consciente, ¡sin saber nunca si es para bien o para mal!,
en el destino de los demás.
Y, das vueltas y más vueltas a los misterios de la vida, a
las grandes preguntas sin respuesta que se convierten en una nube de tormentas
en la que, ¡lo sabes!, vives, mientras recorres el final de tu camino,
buscando, sin encontrar, ese bien, ¿imposible?, que es, sabiendo, la paz.