sábado, 1 de agosto de 2026

1238. COSAS DE VIEJO: LUCUBRACIONES SOBRE EL DETERIORO DEL CUERPO Y DEL ALMA


Sí, enredado en el desagradable laberinto que es el progresivo deterioro de la propia salud, recuerdo con frecuencia a mi padre afirmando con cierta nostalgia que tenía su alma de cuarenta años encerrada en un cuerpo que superaba los ochenta.

Sin embargo, en mi caso, lo que mi padre decía es todo menos verdad: tengo el cuerpo plagado de males, ¡goteras de la edad!, y el alma, hecha jirones, convertida en un espantajo de lo que fue.

Porque lo aprendí de niño, sé que la vida es un don que Dios, el destino o el azar de la evolución, me han prestado y debo cuidar mucho más que si fuera “oro en paño” y, que mientras la tenga, he de aportar cuanto pueda para hacer, aunque sea muy poco, casi nada, a un futuro, para todos, mejor.

Cuando eres joven, mientras sin darte cuenta, lo quieras o no, contribuyes, con aciertos y desaciertos, ¡nunca lo sabes!, con el cuerpo y el alma, al propio devenir y al de los demás.

Cuando llegas a viejo, en algún momento, descubres que los cambios, a veces tremendos, en la trayectoria de tu vida y, ¡es increíble!, en la vida de los demás, fueron resultado de decisiones sobre cuestiones sin apenas importancia y muchas adoptadas sin pensar.

Pero, volviendo al deterioro del cuerpo y del alma: cuando llegas a viejo, estás lleno de goteras, eres prescindible y te cuesta mucho pensar, descubres, ¡con horror!, que hagas lo que hagas, incluso sin hacer nada, ¡el terrible pecado de omisión!, solo con estar, estás incidiendo, inconsciente más que consciente, ¡sin saber nunca si es para bien o para mal!, en el destino de los demás.

Y, das vueltas y más vueltas a los misterios de la vida, a las grandes preguntas sin respuesta que se convierten en una nube de tormentas en la que, ¡lo sabes!, vives, mientras recorres el final de tu camino, buscando, sin encontrar, ese bien, ¿imposible?, que es, sabiendo, la paz.