martes, 25 de marzo de 2008

147. DE PEPENAR AL DESARROLLO

Una de las cosas que más me impacta es ver a personas pepenando la basura. Es terrible comprobar que la supervivencia de familias enteras depende de la capacidad de hombres, mujeres y niños, sobre todo de niños, para buscar y recoger residuos en la basura.

Y me impresionan, sobre todo, los muy duros conflictos que, de tiempo en tiempo, en muchos lugares, ahora en Managua, se producen entre las autoridades municipales y los grupos que compiten por hacerse con los residuos que tienen algún valor.

Es evidente que en ciudades como la que yo vivo, en la que existe una red subterránea, sanitariamente segura, por la que circulan automáticamente y por separado, los distintos tipos de restos, orgánicos o plásticos, en la que existen puntos para la recogida y posterior reciclaje de papel o vidrio, es imposible pepenar la basura.

Ahora bien, al igual que en Managua, en Majadahonda, hay muchas personas que viven de la basura, la diferencia es que en un lugar se trata de pepenar, con alto riesgo sanitario, para supervivir y mal, y en el otro se trata de trabajar, con sueldos correctos, en un trabajo como otro cualquiera, que requiere conocimientos, habilidades concretas y que se desarrolla en el seno de organizaciones obligadas a disponer de tecnología y a ser eficientes en el ejercicio de su misión.

La diferencia entre pepenar y trabajar en la gestión de residuos urbanos es muy grande, tan grande que es perfectamente normal, aunque no sea lógico, que en una sociedad que facilita el pepenar se deje por imposible eliminar el pepeneo.

Creo, por otro lado, que la única solución para este mal, como para tantos otros, es la educación. Pero, y este es el mayor drama, hace falta invertir mucho, durante muchos años, para recoger algo y luego seguir invirtiendo, para mantener y hacer más grande ese algo.

De todos modos, para animar a algunos y hacer que otros entiendan, debo decir que, si los habitantes de la Chureca cambiasen de país, probablemente comerían todos los días y, esto es seguro, sus hijos irían a la escuela y tendrían mejor salud. Claro que eso no quiere decir, en absoluto, que en ese otro y alejado lugar fueran a ser más felices que allá donde están.

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