La realidad es
muy testaruda y, aunque cueste trabajo, creo que es mejor reflexionar sobre lo
que sucede y aprender, y no perder el tiempo llorando, haciendo nada y, como a veces hacemos, echando la culpa
a los demás de los males que vivimos.
Por ello, ante
la imposibilidad de viajar hoy desde Madrid a Galicia porque los incendios
impiden la circulación de los trenes, desde primera hora de la mañana, superada
la tentación de sucumbir al berrinche, sentado ante el ordenador estoy tratando,
luego de dejar de pensar, ¡es inútil!, en cuando podré, si puedo, subir a un
tren que me lleva a Pontevedra o a Santiago de Compostela, me he concentrado en
los incendios que en estos momentos y desde hace días están abrasando España y
son la causa, segunda o tercera, de que ahora esté, en lugar de viajar,
escribiendo.
En resumen, se
me ocurre que, como todo, los incendios tienen no una sino múltiples causas: la
ola de calor, las grandes lluvias de la primavera pasada, los bosques
acumulando biomasa, la despoblación del campo, la desaparición de la ganadería,
los rayos de las tormentas, la acción humana, involuntaria o intencionada de
pirómanos, ¡son tantas!
Y de la extinción,
todavía no lograda: la ausencia de lluvia, los fuertes vientos, el mucho calor,
la insuficiencia de medios, la ineficiencia en la gestión, ¡también son tantas!
¿Las
consecuencias?: pérdidas de vidas y haciendas, superficies calcinadas, más despoblación en el campo,
inmensos costes de la extinción, precio incalculable de la futura repoblación, incremente
de enfermedades respiratorias y
cardiovasculares por exposición al humo en grandes zonas de España; y, en la
sociedad, desconcierto, desconfianza en instituciones y gobiernos, sensaciones
de impotencia e ira, ¡también son tantas! Pero, siempre hay un pero, nunca
sabremos si en su conjunto, las consecuencias serán buenas o malas, incluyendo los
muchos seres humanos para los que serán la
causa de haber o no nacido.
Y, en este punto,
la memoria me hace añorar el gran incendio, mucho mayor que todos los actuales
juntos, del año inicuo 949, del que, iniciado en el Atlántico, entre lo que es
hoy el sur de Galicia y el norte de Portugal, arrasándolo todo, cruzó León,
Zamora y Valladolid, se intensificó en Burgos, alcanzo La Rioja y llegó al
Ebro.
¿Añorar digo?
Sí, aunque las sus consecuencias fueron, ¡parece imposible!, mayores que las de
los incendios de hoy, los hombres que entonces lo sufrieron, ¡muchísimo!, no
pudieron perder el tiempo en lucubrar sus causas, ¿un terremoto, un rayo?, no
podían saberlo y, a lo más, se limitaron, sin echar la culpa a otros hombres, a
aceptar, ¡sabios ellos!, que fuera una
prueba o un castigo de Dios y ponerse, padeciendo la hambruna, a trabajar.
¿Aprenderemos
algo ahora? Es posible, ¡la necesidad obliga!, que, quizá, a lo mejor, algo; las personas
como individuos, por la experiencia, siempre aprendamos. Sin embargo, en estos tiempos
convulsos en que suceden a nuestro alrededor tantas cosas, tan terribles y
seguidas, como colectivo, al igual que la pandemia, olvidaremos todo y no
aprenderemos nada.
Nota: La imagen que ilustra esta entrada está tomada de El Mundo, en Internet.
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