domingo, 3 de junio de 2007

66. NECESIDAD, VALOR Y SUERTE

Era importante conseguir, en poco tiempo, si no el aprecio, por lo menos el respeto de la gente.

Luego de una profunda reflexión y gracias al sentido común de mi mujer, llegamos a la conclusión de que el único medio que teníamos para conseguir el objetivo era demostrar, con hechos, que merecíamos ese respeto. Y que la forma de hacerlo era demostrar valor, honradez y humanidad.


No era sencillo el desafío, pero tuvimos suerte:

La única barbera del lugar no se cansaba de decir que “a ese de Bilbao le haría yo la barba”, mientras acompañaba su expresión con el gesto, navaja en mano, de cortar un cuello, “pero no vendrá”, añadía, mostrando su enorme pesar.
En los pueblos, como en las empresas todo se sabe y me llegó pronto, aunque no era de Bilbao, el desafío.

Un sábado, a media mañana, cuando llegue a la barbería, que estaba llena, con una vieja zamarra y un pantalón de pana, hablando no muy alto dije, “soy el de Bilbao, ¿como cuanto tendré que esperar para que me haga usted la barba?”. Se hizo el silencio, todos los clientes conocían de sobra la situación. “Un rato largo señor, ¿no ve que los hombres están esperando?

Aunque, probablemente por ver pronto el espectáculo, me ofrecieron pasar delante, esperé casi una hora la llegada del turno.
Todo ese tiempo sufrí las miradas constantes y recelosas de la barbera y su meticuloso y continuado afilar de dos navajas, la que estaba utilizando y la que parecía estar preparando para mi.
En un momento me pareció que estaba más atenta a mi expresión que a lo que estaba haciendo y le dije algo así como "no se distraiga conmigo, no sea que corte el cuello a ese señor que no tiene la culpa de nada". Me gruño con fiereza y no dijo nada.
Cuando me llegó la vez, la barbera me hizo, en el más absoluto silencio, el mejor y más cuidado corte de pelo y el más delicioso y prolongado arreglo de la barba que me hayan hecho en toda mi vida.

Pagué, añadí una buena propina, di las gracias, prometía que volvería y me marche. Antes del día siguiente todo el pueblo lo sabía.


Como los niños eran pequeños y mi mujer tenía poco tiempo, pensó que la ayuda de una chica joven, alegre y buena niña, que les diera un paseo, llevase a ver las gallinas, los conejos y las vacas, sería algo muy bueno para nuestra integración en el pueblo.

Habló con algunas personas, nadie conocía a nadie, y menos para entrar en nuestra casa. Finalmente, por fortuna, el párroco le habló de una joven estupenda, encantadora y buena, pero muy mal vista en el lugar por ser “la hermana del asesino”.
En una pelea , el hermano había clavado a otro chico, con muy mala suerte, un buen cuchillo y le había matado. La familia, además de la desgracia de tener al hijo en la cárcel, había quedado muy marcada.

Mi mujer contrató a la chica. Encantadora, buena, cariñosa y, cuando estaba con los niños, muy alegre. Desde el primer día, llevaba a los niños a pasear por el pueblo, sobre todo a ver las vacas y los conejos, el mayor placer de los niños.

En menos de una semana la gente se acercaba, seguro que por curiosidad, a ver y hablar con los niños y la saludaban. Una chica que trata tan bien a los niños no puede ser mala.
La casa en que vivíamos no era mala, pero hacía mucho frío y había que calentarla con una chimenea de leña. Preguntamos para comprar pero en el pueblo no se vendía. Cada uno cortaba la suya para quemar.

En entrada del pueblo, muy cerca de la carretera, había, en el suelo, unos árboles grandes haciendo nada. Busque al dueño, y con la advertencia de que no me los partiría nadie, me vendio, bien baratos, los árboles.

Cada dos o tres días, al volver a casa paraba, sacaba mi hacha, cortaba leña suficiente, cargaba el coche y me marchaba.

En el pueblo y en la fábrica al poco tiempo todo el mundo tenía claro que “ese es honrado, ha comprado los árboles y sabe lo que es un hacha”.
Como decía al principio, con valor, honradez, un poco de humanidad y bastante suerte se consigue, si lo tienes claro, cualquier objetivo que te hayas marcado.

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